miércoles, 5 de diciembre de 2012

El lobo y las ovejas. Opinión.


Cuando la pena da lastima a la tristeza, es que algo va mal.

Cuando vives en un país donde los medios nos venden a diario una realidad programada, donde los poderosos manejan esta crisis-estafa que tanto les beneficia, y donde tú gobierno incumple sus promesas electorales sin ningún pudor (porque son los mismos de la frase anterior), es que algo va mal.

Si para ser autónomo hay que pagar con sangre tu negocio, pero a los ladrones se les perdonan sus pecados en forma de “amnistía fiscal”, es que algo va mal.

Si a los que podían comer carne y pescado todas las semanas, lavarse las manos con agua caliente, llevar a sus hijos al dentista a arreglarles la boca, tener una cama donde dormir y un techo donde guarecerse… si a todos esos ahora les dicen que vivían por encima de sus posibilidades, es que algo va mal.

Si a los bancos (los que realmente han vivido y continuaran viviendo por encima de sus posibilidades) se les rescata con nuestro dinero, y a las familias se las desahucia sin darles alguna alternativa real, es que algo va mal.

Y si encima nos han convencido de que comer carne y pescado, tener agua caliente, llevar tu hijo al dentista, y tener una cama donde dormir, es un lujo, entonces es que algo va realmente mal.

Porque, sí, claro que alguno hubo que mancho de escayola y cemento el Mercedes que compro creyéndose un “Díaz Ferran” de la vida. Porque, sí, a mi también me enterró en dinero algún amigo mío que creyó ser por momentos el amo del pueblo, y al que ni antes envidiaba, y ahora es imposible envidiarlo. Y, sí, también hubo quien hizo mansiones con el dinero del banco, creyendo que el banco era poco menos que suyo.

Pero la realidad es que en la “España del todo va bien” la mayoría continuábamos sin mansiones, yates, grandes coches, ni lujos. La realidad es que seguíamos llevando nuestros hijos al campo los fines de semana a comer una humilde tosta con sardinas, e íbamos a trabajar solo para subsistir.

Ahora nos niegan el pan, la vivienda, el trabajo… mientras, ellos, los poderosos, nos convencen de que poder aspirar a tener sus mismos privilegios y prebendas, no esta bien. Que si naces en familia humilde, debes ser humilde toda la vida, y si es posible tan humilde (incluso pobre mejor), que te conformes con sus migajas. Que eso de la sanidad gratuita (no dice lo mismo mi nomina todos los meses, gratuita no ha sido nunca) y la educación publica, no es posible. Mejor privatizarlas, que ya ellos se encargaran de gestionarlas para ganar mas dinero. Que ser rico (que no feliz, son tan pobres que solo tienen dinero) es un derecho de pernada exclusivo de su casta.

Que no te engañen, solo les interesa su poder, para ellos solo somos mano de obra barata y borregos a los que esquilar.

No contamos para ellos.

Salvo, claro está, en campaña electoral.

sábado, 1 de diciembre de 2012

LA HISTORIA


Con las claritas del día Manuel salió del que era su hogar.

Estaba convencido de que, hoy, alguien escucharía por fin su historia. Era una necesidad enfermiza poder liberarse de ella.

Su primera parada, la que tantos años venia haciendo para desayunar en el bar de la esquina, no tuvo buen resultado.

Entre bocado y bocado farfullo alguna palabra, pero como siempre acabó quedándose solo en la barra, únicamente acompañado por una hilera de vasos preparados para el café.

Sacó la cartera, miró fijamente la imagen de la fotografía que había en el interior, dejó unas monedas y se marchó calle abajo
.
Cuando llegó a la parada del autobús el sol ya estaba ganando la batalla a la luna, y la tonalidad anaranjada que confirmaba este extremo hacía de quienes estaban allí un cuadro singular, casi “vangoghdiano”.

La estudiante pelirroja no era una buena opción. Ya lo había intentado en otras ocasiones y nunca consiguió que lo escuchara. Tampoco lo eran el maestro sin vocación de la gorra verde y gafas a lo John Lennon, la prostituta que volvía al hogar donde creían que seguía limpiando unos grandes almacenes durante la noche, ni el resto de aquella familia del primer turno del 39. Todos lo conocían y lo rehuían. Pero hoy había alguien diferente entre ellos, una anciana de pelo blanco y manos arrugadas que abrazaban lo que parecía una medalla muy gastada y con forma de corazón afilado.

Las puertas se abrieron, y todos subieron sin dar los buenos días al estúpido chófer que sabían nunca contestaba. Excepto la anciana, ella lo hizo y para sorpresa general esta vez si hubo respuesta.

Manuel no había escuchado nunca una voz tan dulce,  aunque triste, e inmediatamente supo que aquella era la persona que llevaba tanto tiempo buscando para contarle todo.

Sin dudarlo ocupó el asiento libre junto a ella, en la última fila, y la observó.

La piel de su cutis era tersa, nada que ver con sus manos. Pero si algo llamaba la atención eran sus ojos. Transmitían paz, una reconfortable y tranquilizadora paz.

Y eso lo animó a dar el paso, a contarle su historia a aquella mujer. Sacó de nuevo su cartera, miró la foto fijamente y comenzó a hablar sin más preámbulos
.
Le contó las innumerables palizas recibidas en el colegio, le refirió como Diego, su chulo particular, disfrutaba al verlo sangrar, las muchas veces que fingió estar enfermo para no tener que ir a clase, las tantas que fue humillado… Le contó que al pasar al Instituto su cuerpo cambió, como pasó de maltratado a maltratador, y que se juró encontrar a su acosador y matarlo por el daño que le había hecho…

Mientras, la anciana seguía escuchándolo, sin decir palabra ni mirarlo, pero escuchándolo sin duda.

Envalentonado decidió dar un paso mas y contarle todo, hasta el último detalle de su historia.

Sabe, -le dijo-, finalmente lo encontré. Si, aquel chico que estropeo mi infancia acabo vendiendo su cuerpo en los soportales del peor barrio de la ciudad, todo por unos pocos euros que le pagaban una papelina de caballo.

Y así fue durante años hasta aquella mañana en que yo, su último cliente, le pegue cuatro tiros en la cabeza mientras se agachaba buscando mi entrepierna.

Han pasado ya varios años, puedo dormir en la carcel y volver cada mañana a mi casa en este maldito autobús, pero ese malnacido nunca volverá a hacer daño a nadie...

¿Comprende porque lo hice?, ¿entiende que no soy una mala persona tal como piensan todos estos?

La mujer, hasta ese momento inmóvil, volvió la cabeza lentamente y miró a Manuel con los ojos envueltos en lágrimas.

Levantó sus manos, y abriéndolas muy despacio le mostro la medalla.

En ella, una foto en blanco y negro mostraba la cara de quien durante tantos años le pegó, humilló y acosó. La misma cara que el miraba tan a menudo en su cartera.

-Sabes, -dijo la mujer-,  realmente siento que te hiciera tanto daño. Y aunque no lo creas, se perfectamente que era un malnacido. Pero, era mi hijo, y también yo jure encontrar a su asesino y vengar su muerte.

No tuvo tiempo a reaccionar. Con una rapidez inusitada, la anciana del pelo canoso, la única persona que había oído su historia hasta el final sin huir de él, clavó el filo de aquel corazón de metal en su cuello, justo en la vena de la vida.

Mientras se desangraba, sacó una última vez su cartera. Miró la foto y pensó en cuan desgraciada había sido su vida. La cara de su maltratador se llenó de nuevo con su sangre, en su cartera, en la medalla de la madre, y Manuel cerró los ojos para al fin descansar.


PD: esta podría ser perfectamente la continuación al primer relato que publique en este blog, Manuel.



martes, 25 de septiembre de 2012

Mala estrella

Este es un relato que sin saber como perdí en el blog, y posteriormente no encontraba la copia en mi ordenador. Hoy he podido recuperarlo con la ayuda de un amigo informático. Lo publico por tanto de nuevo.

MALA ESTRELLA


Aunque algunos no lo quieran ver es un hecho contrastado, que algunos nacen con una flor en el culo y otros como es mi caso tenemos por flor un cardo.

Y digo esto convencido ante la tozudez de los acontecimientos que han rodeado mi vida.

Todo comenzó en el  mismo momento de mi nacimiento.

Aquel día las estrellas se alinearon en mi contra formando un puño del cual solo sobresalía el dedo corazón, constelación también conocida por el bonito nombre “Que te jodan”.

No acabaron ahí los indicios de lo que estaba por venir, ya que pocos días después murió aplastada por un piano de cola la matrona que atendió el parto, se declaro un incendio en la sala de incubadoras donde me encontraba  que obligo a desalojar el Hospital y una anciana que curioseaba la labor de los bomberos resulto herida en la pata izquierda de su andador.

Todo esto, como comprenderéis, me lo relato mi padre Miguel años más tarde desde la silla de ruedas. Silla de ruedas en la que se encontraba postrado desde aquella vez que resbaló con los restos de un potito de frutas que yo había derramado.

Mi madre por el contrario nunca me contó nada y es que durante el parto sufrió una embolia que la mantenía en estado semivegetativo.

Con estos antecedentes no es de extrañar por tanto que con cuarenta años recién cumplidos mi vida hubiera sido un cumulo de desgracias, un canto a la fatalidad, una suma de desdichas encadenadas.

Aun recuerdo mi paso por primaria.

En el colegio donde estudie tenían la costumbre de sentarnos por orden de apellidos, en mi caso Zurro Zurutuza, es decir, al fondo de la clase.

Aquello me obligo durante años a forzar la vista sobremanera para ver lo que escribía el profesor en la pizarra y derivo sin remedio en una miopía galopante que ya en tercero de primaria me hacia lucir unas horrorosas gafas de pasta. No paso desapercibido aquel pequeño detalle por mis apreciados compañeros los cuales me bautizaron rápidamente como “Zurrutato el Cegato”, apodo que aun hoy me acompaña.

La secundaria no fue mejor y a las gafas se sumaron un profuso acné juvenil y una incipiente pelusilla que coronaba mi labio superior y acampaba en el inferior.

Esto, acompañado de un exceso de celo en el ejercicio de sus funciones por parte de mis glándulas sudoríparas, hacían de mí, por llamarlo de alguna forma, un espécimen inclasificable y poco deseable para mis hormoexcitadas compañeras de clase. 

Por suerte nunca me fallo mi amigo Onanismo, el cual mitigaba considerablemente mis cada vez más habituales poluciones nocturnas.

Pero no ahondare mas en aquella parte de mi vida ni en lo que vino después, pasare sin más preámbulos a narrar el extraño giro que mi vida ha sufrido en los últimos días.

Porque cuando la mala estrella es el elemento primordial alrededor del cual gira tu vida, puedes esperar cualquier cosa excepto que el azar te sonría en forma de un escandaloso premio en metálico.

Concretamente, ciento cincuenta millones de euros que crecen desde hace varias semanas en una cuenta abierta expresamente por mí ahora amigo Botín a tal efecto. 

Aunque si algo ha aumentado de forma exponencial desde entonces, estos han sido mis escasos amigos reducidos durante años a solo uno, el citado Onanismo. En unos pocos días se multiplicaron por cientos, nacidos milagrosamente por generación espontanea, mitosis, esporulación, gemación, bipartición o estolonización. Incluso por polinización sospecho.

Muchos, si, aunque hay que reconocerles su gran labor a la hora de pelotearme, adularme, darme coba y lamerme el culo. Magníficos profesionales todos sin duda. Incluidos los numerosos tíos, tías y primos hermanos que desconocía tener hasta la fecha.

Igualmente ha ocurrido con la presencia del sexo femenino en mi vida. Reducida hasta ahora a una relación sexoeroticaudiovisual muy mal vista por la SGAE al ser su principal proveedor EMULE, disfruto en estos momentos sin embargo de una nutrida corte siliconada a mi alrededor que nada tiene que envidiar, salvando las distancias, a la que pueda tener mi admirado Hugh Hefner, o lo que es lo mismo el propietario de la Mansión Playboy.

Las chicas son muy agradecidas, la verdad, pero si alguien está realmente agradecida con este nuevo aspecto de mi vida desconocido hasta ahora excepto por algún sábado noche, muy pocos, con whiskys a quince euros y champan a treinta, esa es sin duda mi mano derecha, la cual ha mejorado ostensiblemente de su tendinitis crónica.

Parecía ir todo bien… amigos, mujeres, dinero…. hasta que recibí una llamada no esperada de un número oculto.

-          ¿El Sr. Zurutuza?

-          Si  -conteste- Zurro Zurutuza, yo mismo.

-          Sr. Zurutuza, escuche atentamente lo que voy a decirle, no lo repetiré dos veces. Sabemos donde vive, sabemos donde viven sus padres, también sabemos la matricula de todos sus coches, sus motos, sus barcos, sus patinetes eléctricos y hasta sabemos la marca de los bóxers que usa, así que no me interrumpa y sobre todo no olvide nada de lo que le voy a decir.

El tono de mi interlocutor no era precisamente amigable, por lo que aunque mi primer impulso fue tomarle a broma y despacharlo con algún chascarrillo, finalmente preferí permanecer a la escucha para comprobar hasta qué punto aquello era algo serio y no fruto de algún estúpido bromista.

-          ¿Me ha entendido bien, Sr. Zurutuza?

-          Claro, claro, soy todo oídos –respondí con algo de sorna-

-          Estupendo, muy inteligente por su parte. Iré al grano, sin rodeos. Queremos cinco millones de euros, ni un céntimo más, ni un céntimo menos y los queremos ya. Le haremos llegar una cuenta bancaria, no se preocupe como pero le llegara y en cuarenta y ocho horas queremos ver el dinero en la misma. De lo contrario mataremos y secuestraremos a sus padres. ¿O es al contrario? Bueno, es igual, ¿ha entendido lo que le digo?

Aquella amenaza no sonaba nada bien, pero tampoco podía dar crédito a alguien que se atrevía a pedirme cinco millones de euros mediante una llamada a mi móvil.

-          Perfectamente, pero siento decirle que está perdiendo el tiempo. No pediré nada de lo que haga. ¿O era al revés? Bueno, es igual, que pase usted un buen día Sr. Anónimo.

Y sin darle tiempo a nada más, colgué.

Pasaron un par de días tras esto y cuando prácticamente lo había olvidado, una nueva llamada interrumpió el baño que junto a dos rubias despampanantes me daba en el jacuzzi de mi magnifica mansión.

-          Un momento chicas. Continuad sin mí. O mejor, empezad sin mí que ahora vuelvo, jejeje – les dije mientras las miraba con ojos inyectados en lujuria-. 

Molesto por la interrupción conteste de mala gana.

-          ¿Quién cojones es?

-          Sr. Zurutuza, ya le advertí lo que ocurriría si se negaba a nuestras peticiones.

-          Mire, ya me está cansando con sus gilipolleces, no vuelva a llamar o avisare a la policía.

-          ¿Gilipolleces? ¿Le parece una gilipollez que tengamos en estos momentos a sus padres secuestrados?

-          No creo nada de lo que me dice, no pierda mas su tiempo y no me lo haga perder a mí.

-          Pues si no me cree, no le importara que le partamos las piernas a su padre. Escuche por favor. – Ayyy, ayyy, ayyyy, ahhhh, ahhhh -. ¿Quiere que continuemos con su madre?, preste atención. – Aaaaaahhh, Ayyyyy- .  ¿Sigue creyendo que mentimos?, ¿o es que no le importan sus padres?

-          Maldito capullo, mi padre es inválido y le pasa como a Rambo, que no siente las piernas. Por otra parte, mi madre no habla desde mi nacimiento, es como una lechuga con patas. Además a ambos los metí en un asilo en cuanto cobre el premio. ¿Me oye, imbécil?

Pipipipipipipipipi…. Como era de esperar aquel intento de estafador corto la comunicación.

Era evidente que mi nueva posición económica aconsejaba aumentar mi seguridad. Lo que había ocurrido era obra de algún pobre desgraciado, pero no adivinaba entonces que lo realmente serio estaba por llegar.

Algo comprensible por otra parte considerando que me había convertido en lo que en mi pueblo llaman un “pobre harto de pan”.

Esto es; un gilipollas integral.

Olvidando los malos ratos vividos cuando nadie me llamaba “Don”, encontré una particular satisfacción en joder la vida de todos los que me rodeaban.

Principalmente de aquellos que trabajaban para mí.

A mi chófer  Benito Camela le obligaba a pasear mi chihuahua en el Ferrari a altísimas horas de la madrugada y vestido con un uniforme, tan ridículo y denigrante que daba vergüenza ajena.

A las limpiadoras, Dolores Fuertes y Lola Mento, les pisoteaba el suelo recién limpio además de mearme fuera de la taza diariamente.

A mi cocinera, Paca Garla, le cambiaba el azúcar por la sal y el aceite por el vinagre, obligándola además a limpiar a diario la vajilla de plata que nunca usaba.

Y a todos, sin excepción, los trataba con la punta del pie llegando incluso a hacerlos llorar.

No es de extrañar por tanto, que aquella mañana despertara atado de pies y manos a mi inmensa cama de agua y rodeado de todos mis empleados

Supongo, por el fuerte dolor de cabeza que tenia, que la noche anterior debieron drogarme durante la cena para poder hacerlo mientras dormía.

El escenario no presagio nada bueno. El que parecía el cabecilla de aquel motín, mi chófer  Benito Camela, llevaba en sus mano derecha una barra de hierro con la que no dejaba de darse golpecitos amenazadores en la izquierda. Las limpiadoras, a su lado, portaban sendas botellas de lejía. Paca Garla, la cocinera, blandía un gran cuchillo carnicero.

-         ¡Pero qué cojones estáis haciendo!, - les grite -.

Sin darme tiempo a decir nada mas Benito introdujo un pañuelo en mi boca tapándomela con cinta adhesiva.

-         Bien, desgraciado, - me dijo - , ahora nos va a escuchar muy atentamente.

Y tanto, estaba aterrado y no podía emitir sonido alguno, como para no
hacerlo.

-         En los últimos meses – continuó -  no ha parado de hacernos la vida imposible a todos, pero eso se acabo. “Zurrutato el Cegato”, o sea usted, saco de mierda, no volverá a joder a nadie.

Lo último que recuerdo de aquel día es como levantaba la barra de hierro sobre mi cabeza, como bajaba, y…. y nada más.

Ahora paso el tiempo junto a mis padres.

A mi derecha, mi progenitor. No puede andar pero la boca le funciona perfectamente y se pasa las horas insultándome y echándome en cara haberlo metido en esta residencia para quitármelo de en medio.

A la izquierda, mi madre. Ella no puede hablar pero mantiene fija en mí todo el día una mirada que hiela la sangre.

En el centro sin poder moverme de cuello para abajo, ni hablar, estoy yo. Supongo que mi dinero ayudara a mantenerme con vida y atado a esta maldita cama, muchos años. Hasta en eso me acompañara mi mala estrella siempre.

Y es que como dije al principio, es un hecho contrastado que algunos nacen con una flor en el culo y otros como es mi caso tenemos por flor un cardo.



viernes, 14 de septiembre de 2012

Juguetes rotos


La famélica sombra abandonó las sabanas de seda para acercarse hasta la ventana de su habitación de hotel. Estiro su estilizado cuello e inspiro profundamente en busca de una bocanada de aire fresco que llevar a sus jóvenes pero nicotinados pulmones.

Estos, poco acostumbrados, se quejaron con un acceso de tos que consiguió hacerle asomar alguna lagrima a sus ojos color almendra, aunque rápidamente las enjuago con el dorso de sus cuidadas manos, tiznando de rímel su cara.

Al fondo de la gran avenida, de otra gran ciudad más, pudo ver como varias chicas jóvenes charlaban animadamente ajenas a todo lo que les rodeaba.

Podían pasar perfectamente por las compañeras de la universidad que abandono prematuramente.

Las mismas que suponía seguían estudiando, las mismas con las que cada tarde bajaba hasta el parque para hablar sobre que chico le gustaba a quien, sobre cuál de ellas había sido la primera en convertirse en mujer, sobre lo complicado que era entender a unos padres tan antiguos y estrictos.

Sonrió al recordar todo aquello, y mecánicamente tomo entre sus dedos una porción de la cocaína que había conseguido el día anterior.

La esnifó antes de ir al baño para vomitar lo que acaba de comer, tal como acostumbraba. Era parte de su rutina diaria. Nada nuevo, excepto por el pequeño hilillo de sangre que corrió por su nariz hasta ser arrastrado por el agua de la ducha que empezó a tomar.

Mientras recorría su cuerpo, aun pegajoso por el semen del desconocido que dormía en su cama, noto que algunos de sus huesos empezaban a ser demasiado evidentes. Los pechos, antes llenos, estaban ahora rodeados por costillas que marcaban su escote. Su cintura era tremendamente afilada y casi carente de carne. Aquello era perfecto, justo lo que le exigían.

Pero ya nada tenía que ver con aquella chica que atrajo la atención de un cazatalentos mientras paseaba por las calles de Madrid.

Desde entonces todo había transcurrido demasiado rápido, como un huracán descontrolado que arrasa todo a su paso.

Solo sabía que casi a diario tomaba aviones y despertaba en ciudades diferentes, que firmaba autógrafos a desconocidos,  que atendía ruedas de prensa y desfilaba en pasarelas junto a chicas que, como ella, no superaban la talla 36. Que sus mejores amigas eran ahora las drogas y el dinero. Que estaba realmente sola.

Solo sabía que a sus 19 años se había convertido en una marioneta cuyos hilos movían otros a su antojo, un juguete roto obligado a sonreír.

Dejo caer sobre la cornisa la toalla que cubría su cuerpo y, con la cara lavada, sin maquillaje ni joyas, dio su último paso hacia la pasarela etérea que la esperaba.  


jueves, 26 de abril de 2012

La estación

Durante meses había podido verla en el mismo lugar.

La señora estaba siempre sentada junto a la escalera mecánica, con sus rodillas pegadas a la cristalera que, desde lo más alto de la estación, nos separaba de los trenes que abajo en las vías iban y venían continuamente.

Con la mirada fija al frente, sin inmutarse ante el constante trasiego de viajeros que pasaban a su lado ignorando su presencia.

La primera vez que la vi no le preste demasiada atención. Al fin y al cabo solo era una persona mayor que utilizaba su tacatá para descansar mientras, suponía, esperaba su tren.

Y es que yo siempre acababa bajando al andén,  en busca de mi vagón, mientras ella se quedaba allí.

Pero con el paso de los días mi curiosidad por aquella mujer se incremento, y mi mente empezó a formar historias unas veces alocadas, otras sin sentido, sobre el motivo de su estancia en aquel sitio. Justo en aquel sitio, ni un centímetro más a su derecha o izquierda, hacia delante o atrás, siempre el andador perfectamente alineado en las mismas baldosas.

Un día, obsesionado con ello, decidí perder mi tren con la esperanza de comprobar que la llevaba hasta aquel mirador de historias.

Durante un buen rato no paso nada. Ella continuaba allí, la vista fija, inmóvil.

Hasta que de repente observe como giraba su cabeza hacia la escalera mecánica a su izquierda.

Como un resorte me levante del asiento en que me situaba tras ella para poder ver lo que había despertado su atención. Nada, en ese momento la escalera estaba vacía, no había nada, ni nadie.
.
Aunque ella parecía seguir con su mirada alguien, o algo, que subía hasta allí.

Y fue justo cuando su cabeza paro de seguir aquello que yo no veía, pero que ya estaba junto a ella, cuando la vi sonreír.

Levanto sus manos en un abrazo lleno de amor, se fundió en un largo beso inundado por lágrimas, y aunque con dificultad por el ruido que un cercanías formaba a su llegada, puede escucharla claramente decir… “Miguel”.

Tras esto, se levanto poco a poco, y parsimoniosamente arrastro su andador hasta salir de la estación.

Perdi el tren durante tres días más, y en ellos siempre ocurrió lo mismo. Como si de una coreografía se tratara.

Pense que la demencia senil había hecho mella en aquel frágil cuerpo, y decidí olvidarme del tema.

Pero hoy, la señora no está allí, las baldosas no están ocupadas y no hay rodillas que choquen con la cristalera.

Me monto en mi tren preguntándome que habrá sido de ella, y entonces un revisor se acerca hasta mí para pedirme el billete.

Se lo doy, pero no puedo evitar preguntarle.

- Perdone, no quisiera molestarle, pero supongo que también usted habrá visto la señora que todos los días se sienta en su tacatá, justo arriba. Hoy no se encuentra y me preguntaba que ha podido ocurrirle.

- ¿La Señora María? Hace meses que murió.

- Disculpe, creo que no hablamos de la misma persona. Es una señora muy mayor que aprovecha su andador para descansar.

- Señor, esta señora la conocíamos todos los que trabajamos aquí, y murió hace varios meses en el mismo lugar donde esperaba diariamente a su novio de toda la vida, Miguel, el cual hace muchisimos años que marcho en un tren y nunca volvió. No tiene más que hablar con cualquiera de mis compañeros y se lo confirmara, es una historia muy triste. Tome usted su billete
.
Mientras el revisor se aleja tengo una sensación rara, de desasosiego. Me cuesta respirar mientras hilo los detalles…  Las mismas baldosas ocupadas, los mismos gestos siempre, el mismo tono de voz, las cientos de personas que pasaban a su lado sin mirarla…

Debo estar volviéndome loco, pero ha sido todo tan real, tan jodidamente real…


jueves, 19 de abril de 2012

Bigotes

Acostumbro a vestir un chaleco de punto rojo, bufanda naranja y pantalones de pana a juego, pero, soy un conejo de cuento. Y es que aunque en mi hogar se vivan batallas fantásticas entre dragones alados y caballeros enamorados de princesas cautivas en torres interminables, siempre me he sentido diferente al resto.

Entre las paginas donde vivo existen también sapos encantados en busca de un beso, enanitos que trabajan de sol a sol, madrastras malvadas, cerditos que hablan, lobos sedientos de sangre, patitos feos y bellos cisnes…  todos reunidos en el gran libro de cuentos ilustrado que cada noche lee Eva. Si, Eva, la niña que nos da vida.

Hasta esta noche Bigotes, que así me llamo, ha conseguido escapar de la mirada ávida de historias que recorre cada noche las hojas animadas de mi mundo.

A veces me escondo en el bosque encantado donde ronda la peligrosa bruja de la cesta, otras en la casa de chocolate de Hansel y Gretel, y la mayor parte de las veces opto simplemente por camuflarme tras la gran planta de habichuelas mágicas.

Mis planes, que hasta ahora he mantenido en secreto, hacen imprescindible que permanezca oculto de esos enormes ojos azules que una vez puesto el sol invaden mi hogar. Más aun cuando la leyenda cuenta que si eres visto por ellos, tus trazos y colores permanecen para siempre en este lugar. Algo que no estoy dispuesto que ocurra.

Tome la decisión de escapar aquella vez que, huyendo del ejército de naipes de la Reina de Corazones, acabe por topar con una interminable pared blanca. Aquel descubrimiento me hizo comprender que esta morada que yo creía sin fronteras, este lugar donde ocurren hechos inexplicables, es sin embargo una prisión de la que nunca podré salir.

Y, aunque una vez cerrado el libro cada noche todos mis compañeros se mezclan creando nuevas historias,  dibujando cuentos aun no escritos, contándose fabulas con moralejas insólitas…  incluso así, teniendo la suerte de vivir en este mundo fantástico, no he vuelto a ser feliz tras descubrir el muro de papel.

Por ello, mientras permanezco escondido a la espera de que el sol nocturno y diario se apague, mientras que mis compañeros aprovechan ese momento para jugar a ser escritores de sus propias historias, dibujantes de sus propios trazos, editores de sus relatos… mientras ocurre todo esto, yo, Bigotes, observo detenidamente las costumbres de nuestra dueña.

Lo habitual es acabar en una estantería escoltado por dos libros infranqueables. Uno llamado “La Historia Interminable”, y desde el cual en ocasiones puedo oír un ruido semejante al batir de alas de los dragones que conviven conmigo. Otro, llamado “Peter Pan”. En este último debe haber muchos niños, ya que escucho risas continuamente. Y, muy de vez en cuando, parece que hubiera una lucha a espada entre un adulto y alguno de estos niños. Se ve que no se llevan nada bien.

Pero hay días, mejor dicho, noches, en que ella acaba por dormirse abrazada a nuestro hogar, rendida por el sueño y las emociones de la lectura que le brindamos.

Hoy es uno de ellos, y es por eso que, nervioso ante mi posible fuga, he esperado hasta asegurarme que está profundamente dormida.

¡Un momento!.. ahora, ahora afloja la presión de su brazo alrededor de la puerta de entrada a nuestro mundo.

Doy un paso, otro, ¡otro!, y de repente el olor a lápices de colores y tinta de imprenta desaparece.

¡SI!, una bocanada de aire fresco entra a mi pecho inundando todos mis sentidos, siento la suavidad de la piel de Eva al acariciar su mano… Me siento vivo, recién nacido. Desciendo rápidamente agarrado a los pliegues de las sabanas que cuelgan de la cama, y consigo llegar hasta el balcón abierto que me llevara al exterior de lo que hasta ahora ha sido mi cárcel.

Miro hacia lo desconocido, hacia mi libertad, y… ¿qué es eso?... ¿pero qué ocurre?... ¿por qué ese hombre da una patada a aquel perro?... ¿y aquellos… por qué se gritan, por qué se empujan?... Oh, no, ¿qué es ese ruido espantoso de lo que parece un carruaje metálico?... ¿Y la luna?... ¡No puedo ver la luna!… ni las estrellas,… solo cemento y cristal.

¡Espera!..., no te despiertes, aun no, quiero volver con la Bella Durmiente, con Alicia y sus locos amigos, con la espada encantada… quiero volver al lugar donde todos jugamos continuamente a ser actores para ti… donde los villanos se dejan perder ante ti pero cuando cierras tu libro se sientan alrededor del fuego con sus príncipes, donde el lobo huye ante el mismo cazador con el que después ríe recordando el final del cuento. Donde no existe la malicia.

Abre tu brazo para que pueda entrar de nuevo, y, cierra el balcón. Que nunca entre nadie en tu habitación, que nadie manche nuestro pequeño universo, que nadie acabe con tu inocencia.

Y por favor, encuéntrame entre las páginas de tu libro de cuentos, que tus ojos me fijen para siempre en ellas.


domingo, 11 de marzo de 2012

Maldito...

Guardo en la carpeta de olvidados muchos relatos, muchísimos.

Algunos por su pésima calidad, otros, inacabados, y los que mas, terminados pero condenados a no ver nunca la luz por diferentes motivos.

Entre ellos se encontraba este.

Me llevo cinco minutos escribirlo tras ver la noticia que un telediario emitía, y durante cinco años ha dormido junto al resto.
Y como en todos, o en la mayoría, también este lleva parte de mis vivencias en su interior.

Pero a diferencia del resto este se escribió antes de pasar por el trance que ahora, cruelmente, le da sentido.

No puedo decir que sea la primera vez que se publica.
Hace unas semanas, inconscientemente, pero sin duda guiado por la estúpida idea de que al publicarlo tal vez podría burlar el triste final que hace tantos años escribí, lo hice en otro lugar que sabia alejado de personas a las que su contenido podía hacer daño.

Iluso de mi, yo siempre amante de la razón y renegado de supercherías y supersticiones, tan aparentemente frió, tan metódico.
Como pude siquiera pensar por un momento que un acto tan insignificante cambiaría el ¿destino? marcado.

Me cuesta creer lo ocurrido, y cuando miro este relato me es aun mas difícil entender que en aquel momento mis manos escribieran algo que casi con precisión milimétrica se ha cumplido paso a paso.
Como si alguien aquel día hubiera escrito por mi sin yo saberlo.

Mis lagrimas, casi siempre, son privadas. Existen, aunque las guarde para mi. Mi dolor me acompaña, aunque mi cara lo vista de coraza.

Este el el relato, maldito relato, que debí haber borrado inmediatamente después de escribirlo.



MALDITO

Empezaba a ser difícil distinguir entre el hombre y su cadáver.

La miseria en que se había instalado desde el diagnostico de su enfermedad hacia de esta ultima una mera invitada del sepelio que, obstinado él, había instaurado en su rutina diaria.

Y es que, con las heridas ya cerradas o al menos dormidas momentáneamente, el hombre decidió convertirse en un ser autocomplaciente repleto de monosílabos quejosos, de frases lastimeras y dolorosas, para el mismo, pero también para quienes lo rodeaban.

La barba antes siempre bien rasurada pasaba ahora por realizar cameos cada vez mas frecuentes, compartiendo protagonismo en aquel teatrillo junto a el rostro taciturno y las manos cruzadas al pecho.

No importaba cuan buenas podían ser las noticias recibidas durante aquel mar en calma, el marido eligió como pareja la tristeza y el llanto, anticipándose a las posibles, que no seguras, malas noticias que pudieran llegar.

Finalmente la alegría se convirtió en una invitada ocasional y raramente bien recibida.

Pero desaprovechar los días extras que aquella pequeña tregua le había concedido, fue un gran error que no podría reparar.

Porque el dolor irrumpió con tal fuerza que nada pudo detenerlo a su paso, arrasando la ilusión de quienes acompañaban desde hacía meses aquel entierro anticipado que no comprendían, desbocando los caballos de fuego que ocultos habían recorrido su cuerpo durante meses, despertando de su hibernación aquel maldito parasito al que no importaba matar a su anfitrión, aun a sabiendas de que también moriría con él.

Y no hubo vuelta atrás.

El sofá utilizado como ataúd durante meses permaneció vacio para siempre, convertido en sanctasanctórum de sus hijos y esposa.

Las paredes empezaron a olvidar sonidos angustiosos y silencios insoportables.

Los recuerdos humedecidos por miles de lágrimas encontraron acomodo en la resignación.

Aquel año fue el último en que mis hijos pudieron "jugar al monstruo" con su abuelo…maldito cáncer.



sábado, 4 de febrero de 2012

Resurreción


El cuerpo de Amaresh, antes fruto de deseo y pura sensualidad, había dejado atrás todo rastro de aquello para convertirse en un espectro inundado por decenas de moscas que se alimentaban de sus ulceras y pústulas.

Al principio de la hambruna, no hacia tanto, se esforzaba en alejarlas sin éxito, pero ahora reserva sus escasas fuerzas para sobrevivir y sostener con fuerza la débil cabeza de Sehay, su bebe.

En su memoria guarda todavía un rostro perfecto, sin arrugas ni huesos marcados, guarda sus ojos color almendra aun sin hundirse en su cráneo.

Guarda también hijos que enterró en una fosa común.

Sehay, intenta sin éxito mamar la leche que ya no crece en sus pechos secos, y al no conseguirlo llora desconsoladamente.

Esto la mortifica aun mas que los malditos insectos o el dolor punzante que sufre en su estomago, y en un gesto desesperado aprieta una y otra vez sus pezones buscando una gota de oro blanco que calme a su hija, su preciosa hija de ojos verdes.




Pero sus esfuerzos son tan estériles como la tierra seca que la rodea.

A solo unos metros observa como una sombra, su primogénito Kedamawi, ha conseguido agarrarse con sus huesudas manos a una de las flacas vacas paridas que aun conservan, y como desesperadamente gatea bajo ella para mamar de sus ubres junto a un ternero receloso de aquel compañero de mesa.

Kedamawi es sin duda un chico listo, y si el agua corrompida de los pozos no lo hace enfermar de diarrea, o los mercenarios del oro amarillo se lo llevan, tal vez lograra salir con vida de este infierno.

Javier, consternado, contempla la escena desde el hospital de campaña en su ultimo día antes de volver a casa.

Mueve sus ojos del rostro de Amaresh al de Sehay, y niega con su cabeza ante el desenlace que sabe con certeza se producirá.

La facultad le había preparado para la enfermedad, incluso para la muerte, pero a pesar de los muchos meses que han pasado desde que llego, su mente occidental no puede asimilar lo que ocurrirá si no la saca de allí.

-          Por favor - le dice a uno de sus ayudantes- , acaba tú con esta cura. Ahora vuelvo.

Amaresh ve acercarse al chico blanco, e instintivamente aprieta el cuerpo azabache de Sehay contra su ébano pecho.

Javier se arrodilla ante ella y extiende sus brazos, sin hablar, no hace falta entre ellos.

Por un momento duda, mira aquellos ojos claros sin saber qué hacer, pero comprende que ella no importa, que no hay más tiempo, y que su hija merece otra oportunidad.

Las manos negras se unen una vez más con las manos blancas, y Sehay es concebida de nuevo.

domingo, 15 de enero de 2012

Claustrofobia

La sensación de llegar a fusionarme con la multitud se acrecentaba por momentos.

A mi alrededor se encontraban miles de litros de grasa, cientos de olores, y alguna que otra prótesis de silicona que se restregaba insistentemente contra mi codo, por lo que con una visible erección y abandonado a mi suerte,  asumí que la unión molecular sería inminente.

En un último gesto de vanidad, que no de supervivencia, conseguí por un momento liberar la cabeza de la axila pestilente que a modo de mordaza llevaba minutos haciéndome una llave perfecta digna del mejor luchador grecorromano, y que, sin tregua alguna, me obligaba a llevar mi nariz pegada a la espalda de quien yo imaginaba podía ser algún obrero de la construcción por la textura hormigonada de su jersey.

Así fue como se hizo la luz por un momento, permitiéndome observar con mas detalle los especímenes, y objetos, que me acompañarían en aquella metamorfosis no deseada.

Nunca he sido especialmente exigente en ningún aspecto de mi vida, pero debo decir que aquella visión consiguió llevarme rápidamente a un estado depresivo profundo, similar al que me llevo descubrir el origen de aquellos extraños ruidos nocturnos que provenían de la habitación de mis padres.

Y es que aquello más que una masa ingente, que también, era una masa amorfa de la que no podía resultar nada bueno.

Anoréxicos y bulímicos, cuerpos perfectos e imperfectos, indescriptibles siluetas, carritos de bebe, bicicletas de montaña y de carreras, sillitas de rueda, periódicos gratuitos, auriculares cerillosos y eczemas varios se agolpaban, entre otras cosas, en aquel espacio reducido.

Intente en un gesto desesperado zafarme de todo aquello. De la axila pestilente del luchador que de nuevo se aferraba a mi cuello, del áspero chaleco del albañil, del pecho neumático de quien parecía ser una meretriz a punto de jubilarse, del trasero caído del adolescente rebelde, de las rodillas temblorosas del jubilado... Pero todo fue inútil.

Cerré los ojos con resignación deseando que todo ocurriera rápidamente, y fue justo en ese momento cuando una voz femenina susurro las palabras mágicas que acabarían salvándome…

“Próxima parada, Sol”