miércoles, 5 de diciembre de 2012

El lobo y las ovejas. Opinión.


Cuando la pena da lastima a la tristeza, es que algo va mal.

Cuando vives en un país donde los medios nos venden a diario una realidad programada, donde los poderosos manejan esta crisis-estafa que tanto les beneficia, y donde tú gobierno incumple sus promesas electorales sin ningún pudor (porque son los mismos de la frase anterior), es que algo va mal.

Si para ser autónomo hay que pagar con sangre tu negocio, pero a los ladrones se les perdonan sus pecados en forma de “amnistía fiscal”, es que algo va mal.

Si a los que podían comer carne y pescado todas las semanas, lavarse las manos con agua caliente, llevar a sus hijos al dentista a arreglarles la boca, tener una cama donde dormir y un techo donde guarecerse… si a todos esos ahora les dicen que vivían por encima de sus posibilidades, es que algo va mal.

Si a los bancos (los que realmente han vivido y continuaran viviendo por encima de sus posibilidades) se les rescata con nuestro dinero, y a las familias se las desahucia sin darles alguna alternativa real, es que algo va mal.

Y si encima nos han convencido de que comer carne y pescado, tener agua caliente, llevar tu hijo al dentista, y tener una cama donde dormir, es un lujo, entonces es que algo va realmente mal.

Porque, sí, claro que alguno hubo que mancho de escayola y cemento el Mercedes que compro creyéndose un “Díaz Ferran” de la vida. Porque, sí, a mi también me enterró en dinero algún amigo mío que creyó ser por momentos el amo del pueblo, y al que ni antes envidiaba, y ahora es imposible envidiarlo. Y, sí, también hubo quien hizo mansiones con el dinero del banco, creyendo que el banco era poco menos que suyo.

Pero la realidad es que en la “España del todo va bien” la mayoría continuábamos sin mansiones, yates, grandes coches, ni lujos. La realidad es que seguíamos llevando nuestros hijos al campo los fines de semana a comer una humilde tosta con sardinas, e íbamos a trabajar solo para subsistir.

Ahora nos niegan el pan, la vivienda, el trabajo… mientras, ellos, los poderosos, nos convencen de que poder aspirar a tener sus mismos privilegios y prebendas, no esta bien. Que si naces en familia humilde, debes ser humilde toda la vida, y si es posible tan humilde (incluso pobre mejor), que te conformes con sus migajas. Que eso de la sanidad gratuita (no dice lo mismo mi nomina todos los meses, gratuita no ha sido nunca) y la educación publica, no es posible. Mejor privatizarlas, que ya ellos se encargaran de gestionarlas para ganar mas dinero. Que ser rico (que no feliz, son tan pobres que solo tienen dinero) es un derecho de pernada exclusivo de su casta.

Que no te engañen, solo les interesa su poder, para ellos solo somos mano de obra barata y borregos a los que esquilar.

No contamos para ellos.

Salvo, claro está, en campaña electoral.

sábado, 1 de diciembre de 2012

LA HISTORIA


Con las claritas del día Manuel salió del que era su hogar.

Estaba convencido de que, hoy, alguien escucharía por fin su historia. Era una necesidad enfermiza poder liberarse de ella.

Su primera parada, la que tantos años venia haciendo para desayunar en el bar de la esquina, no tuvo buen resultado.

Entre bocado y bocado farfullo alguna palabra, pero como siempre acabó quedándose solo en la barra, únicamente acompañado por una hilera de vasos preparados para el café.

Sacó la cartera, miró fijamente la imagen de la fotografía que había en el interior, dejó unas monedas y se marchó calle abajo
.
Cuando llegó a la parada del autobús el sol ya estaba ganando la batalla a la luna, y la tonalidad anaranjada que confirmaba este extremo hacía de quienes estaban allí un cuadro singular, casi “vangoghdiano”.

La estudiante pelirroja no era una buena opción. Ya lo había intentado en otras ocasiones y nunca consiguió que lo escuchara. Tampoco lo eran el maestro sin vocación de la gorra verde y gafas a lo John Lennon, la prostituta que volvía al hogar donde creían que seguía limpiando unos grandes almacenes durante la noche, ni el resto de aquella familia del primer turno del 39. Todos lo conocían y lo rehuían. Pero hoy había alguien diferente entre ellos, una anciana de pelo blanco y manos arrugadas que abrazaban lo que parecía una medalla muy gastada y con forma de corazón afilado.

Las puertas se abrieron, y todos subieron sin dar los buenos días al estúpido chófer que sabían nunca contestaba. Excepto la anciana, ella lo hizo y para sorpresa general esta vez si hubo respuesta.

Manuel no había escuchado nunca una voz tan dulce,  aunque triste, e inmediatamente supo que aquella era la persona que llevaba tanto tiempo buscando para contarle todo.

Sin dudarlo ocupó el asiento libre junto a ella, en la última fila, y la observó.

La piel de su cutis era tersa, nada que ver con sus manos. Pero si algo llamaba la atención eran sus ojos. Transmitían paz, una reconfortable y tranquilizadora paz.

Y eso lo animó a dar el paso, a contarle su historia a aquella mujer. Sacó de nuevo su cartera, miró la foto fijamente y comenzó a hablar sin más preámbulos
.
Le contó las innumerables palizas recibidas en el colegio, le refirió como Diego, su chulo particular, disfrutaba al verlo sangrar, las muchas veces que fingió estar enfermo para no tener que ir a clase, las tantas que fue humillado… Le contó que al pasar al Instituto su cuerpo cambió, como pasó de maltratado a maltratador, y que se juró encontrar a su acosador y matarlo por el daño que le había hecho…

Mientras, la anciana seguía escuchándolo, sin decir palabra ni mirarlo, pero escuchándolo sin duda.

Envalentonado decidió dar un paso mas y contarle todo, hasta el último detalle de su historia.

Sabe, -le dijo-, finalmente lo encontré. Si, aquel chico que estropeo mi infancia acabo vendiendo su cuerpo en los soportales del peor barrio de la ciudad, todo por unos pocos euros que le pagaban una papelina de caballo.

Y así fue durante años hasta aquella mañana en que yo, su último cliente, le pegue cuatro tiros en la cabeza mientras se agachaba buscando mi entrepierna.

Han pasado ya varios años, puedo dormir en la carcel y volver cada mañana a mi casa en este maldito autobús, pero ese malnacido nunca volverá a hacer daño a nadie...

¿Comprende porque lo hice?, ¿entiende que no soy una mala persona tal como piensan todos estos?

La mujer, hasta ese momento inmóvil, volvió la cabeza lentamente y miró a Manuel con los ojos envueltos en lágrimas.

Levantó sus manos, y abriéndolas muy despacio le mostro la medalla.

En ella, una foto en blanco y negro mostraba la cara de quien durante tantos años le pegó, humilló y acosó. La misma cara que el miraba tan a menudo en su cartera.

-Sabes, -dijo la mujer-,  realmente siento que te hiciera tanto daño. Y aunque no lo creas, se perfectamente que era un malnacido. Pero, era mi hijo, y también yo jure encontrar a su asesino y vengar su muerte.

No tuvo tiempo a reaccionar. Con una rapidez inusitada, la anciana del pelo canoso, la única persona que había oído su historia hasta el final sin huir de él, clavó el filo de aquel corazón de metal en su cuello, justo en la vena de la vida.

Mientras se desangraba, sacó una última vez su cartera. Miró la foto y pensó en cuan desgraciada había sido su vida. La cara de su maltratador se llenó de nuevo con su sangre, en su cartera, en la medalla de la madre, y Manuel cerró los ojos para al fin descansar.


PD: esta podría ser perfectamente la continuación al primer relato que publique en este blog, Manuel.