viernes, 5 de abril de 2013

PREMIOS ADRIANO ANTINOO 2013


Estos premios son un reconocimiento a aquellas personas que han contribuido, de alguna forma, a conseguir la igualdad sin discriminación por razones de sexo u orientación sexual.

La primera edición se celebro en el año 2012, siendo en aquella ocasión los premiados, Amparo Rubiales, Armand de Fluvia, Beatriz Gimeno, Jorge Cadaval y Pedro Zerolo, más una mención honorífica a la desaparecida Maria Fulmen.

En esta ocasión los galardonados son Boti García Rodrigo, Carla Antonelli, Marcos Rodríguez Gálvez y Manuel Luis López Molero, Maria del Mar Gonzalez Rodríguez, Vicent Bataller y Perello, con una mención honorífica al centro asociativo de Barcelona Casal Lambda.

Por mi parte, como autor de este humilde blog, me alegra especialmente el premio otorgado a quienes considero mis amigos, Marcos y Manuel.



Hace ya unos años que los conocí, y dejando a un lado los motivos de este premio, valoro especialmente su calidad humana y personal.

Estoy convencido que muchos de los que reniegan de una familia como la suya, solo tendrían que pasar cinco minutos con ellos para dejar sus prejuicios a un lado.

No hay mejor familia que la basada en el amor y el respeto, y en eso ellos son un ejemplo para muchas de esas mal llamadas familias convencionales.

Vaya mi pequeño homenaje hacia ellos desde aquí, y solo desearles que no cambien nunca.

Un abrazo amigos.

domingo, 13 de enero de 2013

La deuda


Al despertar, posiblemente por el fuerte dolor de cabeza que tenía, note que aquella maldita luz de neón parpadeante ya no se filtraba entre las rendijas de mi ventana. La habitación estaba oscura como nunca antes lo había estado y curiosamente tras tantos años de farfullar y maldecir por esa iluminación rojiza de mi cuarto, me sentía un poco agobiado ante la falta total de claridad.

Por un momentome sentí ciego y sordo por la falta de sonidos, aunque caí rápidamente en la cuenta de aquellos cristales antiruidos que decidí instalar al poco de vivir allí.

Volví la cabeza para descartar la ceguera y suspire con alivio al ver parpadear las 3:30 en el despertador digital que había sobre mi mesita de noche.

Aun así presentía que algo no iba bien. Era la primera vez, desde que vivía en esta maldita casa, que el puticlub de abajo cerraba antes de las cinco de la mañana. Tal vez el “Angello” no era el mejor lupanar de Madrid, pero a clientela no le ganaba nadie. Quizás fueran sus cubatas a ocho euros, los más baratos de todas las güisquerías de la ciudad, o tal vez en su momento los grandes y famosos pechos de Susana. Las mejores tetas del ramo según reconocían puteros de postín, los mismos que antes pagaban por un rato de placer con ella, mi mujer.

Es curioso lo rápido que había pasado todo.

Cuando la conocí, sumido en una gran depresión, me costó cincuenta euros y una copa de güisqui, media hora con ella. Mi primera vez, mi primera mujer y en un lugar que por mis convicciones católicas había jurado siempre no pisar. Ella acababa de llegar de Rumanía  y para cuando se acrecentó su fama siguió ganando lo mismo pero su proxeneta subió el precio hasta los 100€. Esto en un club de alterne de segunda categoría era, digámoslo así, el tope de gama.

Fueron muchos cientos de euros los que gaste y en cada uno de ellos crecía en mí un sentimiento difícil de explicar. Tarde en reconocerlo, ya que nunca antes lo había experimentado. Cuando entendí lo que me pasaba, aunque confundido, no lo dude y una noche le pedí que se casara conmigo. Acabábamos de echar un polvo y era la primera vez que me atrevía a decirle unas palabras.

-          ¿Quieres casarte conmigo?, - le dije -.
-          ¿Pero está usted loco? Nunca abrió la boca, y, ¿lo hace para pedirme esto?...

Aquel día no dije nada más, me subí los pantalones y me marche rápidamente. Tras aquello no volví a tener sexo con ella durante meses. Subía a su habitación todos los sábados, previo pago, y durante los mejores treinta minutos de la semana charlábamos sobre su vida y la mía.

Me contó que había pagado mucho por venir a España con la promesa de poder trabajar aquí como empleada del hogar, pero que al llegar la habían metido en ese maldito antro y que si escapaba antes de pagar su deuda matarían a toda su familia. Me contó que era infeliz, que tenía mied, y que le daba asco lo que hacía pero que conmigo se sentía bien. Que yo era el único hombre con quien se encontraba segura.

Y un día, sin yo esperarlo ni volvérselo a preguntar, me dijo que sí, que quería casarse conmigo pero que no podía dejar aun su trabajo.

Me sentí tan feliz que la cogí en mis brazos y esa noche después de tantas con sexo y sin él, hicimos el amor.

Al día siguiente conté la noticia a mis padres y a mi único hermano con la esperanza de que la aceptaran de la mejor manera.

La primera en reaccionar fue mi madre y no asimilo bien la noticia.

-          ¡Con una puta!, ¡con una puta te vas a casar! ¿En que hemos fallado hijo, dime, en que hemos fallado tus padres? – gritaba mientras lloraba -

Mi padre fue todavía más duro.

-          Toda la vida pagándote unos estudios, una buena educación y ahora te vas con la primera pelandrusca que te la pone tiesa. Lárgate de esta casa y no vuelvas más.

Y mi hermano se burlo de mí.

-          Joder yayo y esta qué, ¿la chupa bien? Jajaja, ten cuidado no pilles la gonorrea, jajaja. Menudo pringao, te va a sacar hasta los ojos.

Yo mande educadamente a todos a la mierda, cerré la puerta de casa y me fui.

Peor fue convencer al dueño del prostíbulo de que, “su mejor empleada”, no volvería a trabajar allí. No iba a aceptar que aquel individuo siguiera explotándola.

-          Chico, esta es la que más dinero me deja, si crees que se va a ir de aquí sin más, sin pagar su deuda, estas muy equivocado. Tengo muchísimas chicas y no sería un buen ejemplo, ya me entiendes.

-          Sabe, -le dije, sacando valor de donde nunca lo tuve-, no me importa lo mas mínimo lo que le deba y menos aun me importa lo que puedan pensar sus chicas. Ella se viene conmigo y procure que nadie la moleste, o no dudare en denunciarlo y arruinarle la vida. ¿Me entiende usted?

Hubo muchos más insultos y amenazas mutuas, pero cuando comprendió que no me echaría atrás, no dijo nada mas, se limito a mirarme fijamente y a cruzar su cuello con su dedo índice.

Susana no volvió a pisar aquel lugar y cinco días más tarde nos casábamos en los juzgados de Madrid, solos, sin nadie que nos acompañara.

Podíamos haber alquilado cualquier otro piso pero decidimos quedarnos justo en este, enfrente mismo del “Angello”.

El mismo donde somos felices, el mismo que ahora está totalmente a oscuras, silencioso, el mismo donde hace un rato he despertado aturdido, algo desorientado, como si estuviera drogado.

Estiro mi mano para encontrar a Susana, para decirle que me encuentro mal, pero no hay nada al final de mi brazo, solo el vacio.

Me incorporo en la cama de forma súbita y de repente mi boca sabe a hiel y mis manos empiezan a temblar.

De un salto alcanzo la ventana, abro las persianas y de manera instintiva fijo mi vista en aquel letrero que tanto odio.

Esta oscuro, apagado, pero entre las enormes piernas cruzadas de aquella odiosa chica de neón puedo ver una silueta desnuda iluminada por las sirenas de varios coches de policía. Atada por sus muñecas a aquellos grandes tacones habitualmente rojos y ahora en penumbra. Crucificada de alguna forma a su particular Monte Calvario.

Sobre su cabeza, en forma de corona, su epitafio:

“Con la muerte, se acaban las deudas”


miércoles, 5 de diciembre de 2012

El lobo y las ovejas. Opinión.


Cuando la pena da lastima a la tristeza, es que algo va mal.

Cuando vives en un país donde los medios nos venden a diario una realidad programada, donde los poderosos manejan esta crisis-estafa que tanto les beneficia, y donde tú gobierno incumple sus promesas electorales sin ningún pudor (porque son los mismos de la frase anterior), es que algo va mal.

Si para ser autónomo hay que pagar con sangre tu negocio, pero a los ladrones se les perdonan sus pecados en forma de “amnistía fiscal”, es que algo va mal.

Si a los que podían comer carne y pescado todas las semanas, lavarse las manos con agua caliente, llevar a sus hijos al dentista a arreglarles la boca, tener una cama donde dormir y un techo donde guarecerse… si a todos esos ahora les dicen que vivían por encima de sus posibilidades, es que algo va mal.

Si a los bancos (los que realmente han vivido y continuaran viviendo por encima de sus posibilidades) se les rescata con nuestro dinero, y a las familias se las desahucia sin darles alguna alternativa real, es que algo va mal.

Y si encima nos han convencido de que comer carne y pescado, tener agua caliente, llevar tu hijo al dentista, y tener una cama donde dormir, es un lujo, entonces es que algo va realmente mal.

Porque, sí, claro que alguno hubo que mancho de escayola y cemento el Mercedes que compro creyéndose un “Díaz Ferran” de la vida. Porque, sí, a mi también me enterró en dinero algún amigo mío que creyó ser por momentos el amo del pueblo, y al que ni antes envidiaba, y ahora es imposible envidiarlo. Y, sí, también hubo quien hizo mansiones con el dinero del banco, creyendo que el banco era poco menos que suyo.

Pero la realidad es que en la “España del todo va bien” la mayoría continuábamos sin mansiones, yates, grandes coches, ni lujos. La realidad es que seguíamos llevando nuestros hijos al campo los fines de semana a comer una humilde tosta con sardinas, e íbamos a trabajar solo para subsistir.

Ahora nos niegan el pan, la vivienda, el trabajo… mientras, ellos, los poderosos, nos convencen de que poder aspirar a tener sus mismos privilegios y prebendas, no esta bien. Que si naces en familia humilde, debes ser humilde toda la vida, y si es posible tan humilde (incluso pobre mejor), que te conformes con sus migajas. Que eso de la sanidad gratuita (no dice lo mismo mi nomina todos los meses, gratuita no ha sido nunca) y la educación publica, no es posible. Mejor privatizarlas, que ya ellos se encargaran de gestionarlas para ganar mas dinero. Que ser rico (que no feliz, son tan pobres que solo tienen dinero) es un derecho de pernada exclusivo de su casta.

Que no te engañen, solo les interesa su poder, para ellos solo somos mano de obra barata y borregos a los que esquilar.

No contamos para ellos.

Salvo, claro está, en campaña electoral.

martes, 25 de septiembre de 2012

Mala estrella

Este es un relato que sin saber como perdí en el blog, y posteriormente no encontraba la copia en mi ordenador. Hoy he podido recuperarlo con la ayuda de un amigo informático. Lo publico por tanto de nuevo.

MALA ESTRELLA


Aunque algunos no lo quieran ver es un hecho contrastado, que algunos nacen con una flor en el culo y otros como es mi caso tenemos por flor un cardo.

Y digo esto convencido ante la tozudez de los acontecimientos que han rodeado mi vida.

Todo comenzó en el  mismo momento de mi nacimiento.

Aquel día las estrellas se alinearon en mi contra formando un puño del cual solo sobresalía el dedo corazón, constelación también conocida por el bonito nombre “Que te jodan”.

No acabaron ahí los indicios de lo que estaba por venir, ya que pocos días después murió aplastada por un piano de cola la matrona que atendió el parto, se declaro un incendio en la sala de incubadoras donde me encontraba  que obligo a desalojar el Hospital y una anciana que curioseaba la labor de los bomberos resulto herida en la pata izquierda de su andador.

Todo esto, como comprenderéis, me lo relato mi padre Miguel años más tarde desde la silla de ruedas. Silla de ruedas en la que se encontraba postrado desde aquella vez que resbaló con los restos de un potito de frutas que yo había derramado.

Mi madre por el contrario nunca me contó nada y es que durante el parto sufrió una embolia que la mantenía en estado semivegetativo.

Con estos antecedentes no es de extrañar por tanto que con cuarenta años recién cumplidos mi vida hubiera sido un cumulo de desgracias, un canto a la fatalidad, una suma de desdichas encadenadas.

Aun recuerdo mi paso por primaria.

En el colegio donde estudie tenían la costumbre de sentarnos por orden de apellidos, en mi caso Zurro Zurutuza, es decir, al fondo de la clase.

Aquello me obligo durante años a forzar la vista sobremanera para ver lo que escribía el profesor en la pizarra y derivo sin remedio en una miopía galopante que ya en tercero de primaria me hacia lucir unas horrorosas gafas de pasta. No paso desapercibido aquel pequeño detalle por mis apreciados compañeros los cuales me bautizaron rápidamente como “Zurrutato el Cegato”, apodo que aun hoy me acompaña.

La secundaria no fue mejor y a las gafas se sumaron un profuso acné juvenil y una incipiente pelusilla que coronaba mi labio superior y acampaba en el inferior.

Esto, acompañado de un exceso de celo en el ejercicio de sus funciones por parte de mis glándulas sudoríparas, hacían de mí, por llamarlo de alguna forma, un espécimen inclasificable y poco deseable para mis hormoexcitadas compañeras de clase. 

Por suerte nunca me fallo mi amigo Onanismo, el cual mitigaba considerablemente mis cada vez más habituales poluciones nocturnas.

Pero no ahondare mas en aquella parte de mi vida ni en lo que vino después, pasare sin más preámbulos a narrar el extraño giro que mi vida ha sufrido en los últimos días.

Porque cuando la mala estrella es el elemento primordial alrededor del cual gira tu vida, puedes esperar cualquier cosa excepto que el azar te sonría en forma de un escandaloso premio en metálico.

Concretamente, ciento cincuenta millones de euros que crecen desde hace varias semanas en una cuenta abierta expresamente por mí ahora amigo Botín a tal efecto. 

Aunque si algo ha aumentado de forma exponencial desde entonces, estos han sido mis escasos amigos reducidos durante años a solo uno, el citado Onanismo. En unos pocos días se multiplicaron por cientos, nacidos milagrosamente por generación espontanea, mitosis, esporulación, gemación, bipartición o estolonización. Incluso por polinización sospecho.

Muchos, si, aunque hay que reconocerles su gran labor a la hora de pelotearme, adularme, darme coba y lamerme el culo. Magníficos profesionales todos sin duda. Incluidos los numerosos tíos, tías y primos hermanos que desconocía tener hasta la fecha.

Igualmente ha ocurrido con la presencia del sexo femenino en mi vida. Reducida hasta ahora a una relación sexoeroticaudiovisual muy mal vista por la SGAE al ser su principal proveedor EMULE, disfruto en estos momentos sin embargo de una nutrida corte siliconada a mi alrededor que nada tiene que envidiar, salvando las distancias, a la que pueda tener mi admirado Hugh Hefner, o lo que es lo mismo el propietario de la Mansión Playboy.

Las chicas son muy agradecidas, la verdad, pero si alguien está realmente agradecida con este nuevo aspecto de mi vida desconocido hasta ahora excepto por algún sábado noche, muy pocos, con whiskys a quince euros y champan a treinta, esa es sin duda mi mano derecha, la cual ha mejorado ostensiblemente de su tendinitis crónica.

Parecía ir todo bien… amigos, mujeres, dinero…. hasta que recibí una llamada no esperada de un número oculto.

-          ¿El Sr. Zurutuza?

-          Si  -conteste- Zurro Zurutuza, yo mismo.

-          Sr. Zurutuza, escuche atentamente lo que voy a decirle, no lo repetiré dos veces. Sabemos donde vive, sabemos donde viven sus padres, también sabemos la matricula de todos sus coches, sus motos, sus barcos, sus patinetes eléctricos y hasta sabemos la marca de los bóxers que usa, así que no me interrumpa y sobre todo no olvide nada de lo que le voy a decir.

El tono de mi interlocutor no era precisamente amigable, por lo que aunque mi primer impulso fue tomarle a broma y despacharlo con algún chascarrillo, finalmente preferí permanecer a la escucha para comprobar hasta qué punto aquello era algo serio y no fruto de algún estúpido bromista.

-          ¿Me ha entendido bien, Sr. Zurutuza?

-          Claro, claro, soy todo oídos –respondí con algo de sorna-

-          Estupendo, muy inteligente por su parte. Iré al grano, sin rodeos. Queremos cinco millones de euros, ni un céntimo más, ni un céntimo menos y los queremos ya. Le haremos llegar una cuenta bancaria, no se preocupe como pero le llegara y en cuarenta y ocho horas queremos ver el dinero en la misma. De lo contrario mataremos y secuestraremos a sus padres. ¿O es al contrario? Bueno, es igual, ¿ha entendido lo que le digo?

Aquella amenaza no sonaba nada bien, pero tampoco podía dar crédito a alguien que se atrevía a pedirme cinco millones de euros mediante una llamada a mi móvil.

-          Perfectamente, pero siento decirle que está perdiendo el tiempo. No pediré nada de lo que haga. ¿O era al revés? Bueno, es igual, que pase usted un buen día Sr. Anónimo.

Y sin darle tiempo a nada más, colgué.

Pasaron un par de días tras esto y cuando prácticamente lo había olvidado, una nueva llamada interrumpió el baño que junto a dos rubias despampanantes me daba en el jacuzzi de mi magnifica mansión.

-          Un momento chicas. Continuad sin mí. O mejor, empezad sin mí que ahora vuelvo, jejeje – les dije mientras las miraba con ojos inyectados en lujuria-. 

Molesto por la interrupción conteste de mala gana.

-          ¿Quién cojones es?

-          Sr. Zurutuza, ya le advertí lo que ocurriría si se negaba a nuestras peticiones.

-          Mire, ya me está cansando con sus gilipolleces, no vuelva a llamar o avisare a la policía.

-          ¿Gilipolleces? ¿Le parece una gilipollez que tengamos en estos momentos a sus padres secuestrados?

-          No creo nada de lo que me dice, no pierda mas su tiempo y no me lo haga perder a mí.

-          Pues si no me cree, no le importara que le partamos las piernas a su padre. Escuche por favor. – Ayyy, ayyy, ayyyy, ahhhh, ahhhh -. ¿Quiere que continuemos con su madre?, preste atención. – Aaaaaahhh, Ayyyyy- .  ¿Sigue creyendo que mentimos?, ¿o es que no le importan sus padres?

-          Maldito capullo, mi padre es inválido y le pasa como a Rambo, que no siente las piernas. Por otra parte, mi madre no habla desde mi nacimiento, es como una lechuga con patas. Además a ambos los metí en un asilo en cuanto cobre el premio. ¿Me oye, imbécil?

Pipipipipipipipipi…. Como era de esperar aquel intento de estafador corto la comunicación.

Era evidente que mi nueva posición económica aconsejaba aumentar mi seguridad. Lo que había ocurrido era obra de algún pobre desgraciado, pero no adivinaba entonces que lo realmente serio estaba por llegar.

Algo comprensible por otra parte considerando que me había convertido en lo que en mi pueblo llaman un “pobre harto de pan”.

Esto es; un gilipollas integral.

Olvidando los malos ratos vividos cuando nadie me llamaba “Don”, encontré una particular satisfacción en joder la vida de todos los que me rodeaban.

Principalmente de aquellos que trabajaban para mí.

A mi chófer  Benito Camela le obligaba a pasear mi chihuahua en el Ferrari a altísimas horas de la madrugada y vestido con un uniforme, tan ridículo y denigrante que daba vergüenza ajena.

A las limpiadoras, Dolores Fuertes y Lola Mento, les pisoteaba el suelo recién limpio además de mearme fuera de la taza diariamente.

A mi cocinera, Paca Garla, le cambiaba el azúcar por la sal y el aceite por el vinagre, obligándola además a limpiar a diario la vajilla de plata que nunca usaba.

Y a todos, sin excepción, los trataba con la punta del pie llegando incluso a hacerlos llorar.

No es de extrañar por tanto, que aquella mañana despertara atado de pies y manos a mi inmensa cama de agua y rodeado de todos mis empleados

Supongo, por el fuerte dolor de cabeza que tenia, que la noche anterior debieron drogarme durante la cena para poder hacerlo mientras dormía.

El escenario no presagio nada bueno. El que parecía el cabecilla de aquel motín, mi chófer  Benito Camela, llevaba en sus mano derecha una barra de hierro con la que no dejaba de darse golpecitos amenazadores en la izquierda. Las limpiadoras, a su lado, portaban sendas botellas de lejía. Paca Garla, la cocinera, blandía un gran cuchillo carnicero.

-         ¡Pero qué cojones estáis haciendo!, - les grite -.

Sin darme tiempo a decir nada mas Benito introdujo un pañuelo en mi boca tapándomela con cinta adhesiva.

-         Bien, desgraciado, - me dijo - , ahora nos va a escuchar muy atentamente.

Y tanto, estaba aterrado y no podía emitir sonido alguno, como para no
hacerlo.

-         En los últimos meses – continuó -  no ha parado de hacernos la vida imposible a todos, pero eso se acabo. “Zurrutato el Cegato”, o sea usted, saco de mierda, no volverá a joder a nadie.

Lo último que recuerdo de aquel día es como levantaba la barra de hierro sobre mi cabeza, como bajaba, y…. y nada más.

Ahora paso el tiempo junto a mis padres.

A mi derecha, mi progenitor. No puede andar pero la boca le funciona perfectamente y se pasa las horas insultándome y echándome en cara haberlo metido en esta residencia para quitármelo de en medio.

A la izquierda, mi madre. Ella no puede hablar pero mantiene fija en mí todo el día una mirada que hiela la sangre.

En el centro sin poder moverme de cuello para abajo, ni hablar, estoy yo. Supongo que mi dinero ayudara a mantenerme con vida y atado a esta maldita cama, muchos años. Hasta en eso me acompañara mi mala estrella siempre.

Y es que como dije al principio, es un hecho contrastado que algunos nacen con una flor en el culo y otros como es mi caso tenemos por flor un cardo.



viernes, 14 de septiembre de 2012

Juguetes rotos


La famélica sombra abandonó las sabanas de seda para acercarse hasta la ventana de su habitación de hotel. Estiro su estilizado cuello e inspiro profundamente en busca de una bocanada de aire fresco que llevar a sus jóvenes pero nicotinados pulmones.

Estos, poco acostumbrados, se quejaron con un acceso de tos que consiguió hacerle asomar alguna lagrima a sus ojos color almendra, aunque rápidamente las enjuago con el dorso de sus cuidadas manos, tiznando de rímel su cara.

Al fondo de la gran avenida, de otra gran ciudad más, pudo ver como varias chicas jóvenes charlaban animadamente ajenas a todo lo que les rodeaba.

Podían pasar perfectamente por las compañeras de la universidad que abandono prematuramente.

Las mismas que suponía seguían estudiando, las mismas con las que cada tarde bajaba hasta el parque para hablar sobre que chico le gustaba a quien, sobre cuál de ellas había sido la primera en convertirse en mujer, sobre lo complicado que era entender a unos padres tan antiguos y estrictos.

Sonrió al recordar todo aquello, y mecánicamente tomo entre sus dedos una porción de la cocaína que había conseguido el día anterior.

La esnifó antes de ir al baño para vomitar lo que acaba de comer, tal como acostumbraba. Era parte de su rutina diaria. Nada nuevo, excepto por el pequeño hilillo de sangre que corrió por su nariz hasta ser arrastrado por el agua de la ducha que empezó a tomar.

Mientras recorría su cuerpo, aun pegajoso por el semen del desconocido que dormía en su cama, noto que algunos de sus huesos empezaban a ser demasiado evidentes. Los pechos, antes llenos, estaban ahora rodeados por costillas que marcaban su escote. Su cintura era tremendamente afilada y casi carente de carne. Aquello era perfecto, justo lo que le exigían.

Pero ya nada tenía que ver con aquella chica que atrajo la atención de un cazatalentos mientras paseaba por las calles de Madrid.

Desde entonces todo había transcurrido demasiado rápido, como un huracán descontrolado que arrasa todo a su paso.

Solo sabía que casi a diario tomaba aviones y despertaba en ciudades diferentes, que firmaba autógrafos a desconocidos,  que atendía ruedas de prensa y desfilaba en pasarelas junto a chicas que, como ella, no superaban la talla 36. Que sus mejores amigas eran ahora las drogas y el dinero. Que estaba realmente sola.

Solo sabía que a sus 19 años se había convertido en una marioneta cuyos hilos movían otros a su antojo, un juguete roto obligado a sonreír.

Dejo caer sobre la cornisa la toalla que cubría su cuerpo y, con la cara lavada, sin maquillaje ni joyas, dio su último paso hacia la pasarela etérea que la esperaba.  


jueves, 26 de abril de 2012

La estación

Durante meses había podido verla en el mismo lugar.

La señora estaba siempre sentada junto a la escalera mecánica, con sus rodillas pegadas a la cristalera que, desde lo más alto de la estación, nos separaba de los trenes que abajo en las vías iban y venían continuamente.

Con la mirada fija al frente, sin inmutarse ante el constante trasiego de viajeros que pasaban a su lado ignorando su presencia.

La primera vez que la vi no le preste demasiada atención. Al fin y al cabo solo era una persona mayor que utilizaba su tacatá para descansar mientras, suponía, esperaba su tren.

Y es que yo siempre acababa bajando al andén,  en busca de mi vagón, mientras ella se quedaba allí.

Pero con el paso de los días mi curiosidad por aquella mujer se incremento, y mi mente empezó a formar historias unas veces alocadas, otras sin sentido, sobre el motivo de su estancia en aquel sitio. Justo en aquel sitio, ni un centímetro más a su derecha o izquierda, hacia delante o atrás, siempre el andador perfectamente alineado en las mismas baldosas.

Un día, obsesionado con ello, decidí perder mi tren con la esperanza de comprobar que la llevaba hasta aquel mirador de historias.

Durante un buen rato no paso nada. Ella continuaba allí, la vista fija, inmóvil.

Hasta que de repente observe como giraba su cabeza hacia la escalera mecánica a su izquierda.

Como un resorte me levante del asiento en que me situaba tras ella para poder ver lo que había despertado su atención. Nada, en ese momento la escalera estaba vacía, no había nada, ni nadie.
.
Aunque ella parecía seguir con su mirada alguien, o algo, que subía hasta allí.

Y fue justo cuando su cabeza paro de seguir aquello que yo no veía, pero que ya estaba junto a ella, cuando la vi sonreír.

Levanto sus manos en un abrazo lleno de amor, se fundió en un largo beso inundado por lágrimas, y aunque con dificultad por el ruido que un cercanías formaba a su llegada, puede escucharla claramente decir… “Miguel”.

Tras esto, se levanto poco a poco, y parsimoniosamente arrastro su andador hasta salir de la estación.

Perdi el tren durante tres días más, y en ellos siempre ocurrió lo mismo. Como si de una coreografía se tratara.

Pense que la demencia senil había hecho mella en aquel frágil cuerpo, y decidí olvidarme del tema.

Pero hoy, la señora no está allí, las baldosas no están ocupadas y no hay rodillas que choquen con la cristalera.

Me monto en mi tren preguntándome que habrá sido de ella, y entonces un revisor se acerca hasta mí para pedirme el billete.

Se lo doy, pero no puedo evitar preguntarle.

- Perdone, no quisiera molestarle, pero supongo que también usted habrá visto la señora que todos los días se sienta en su tacatá, justo arriba. Hoy no se encuentra y me preguntaba que ha podido ocurrirle.

- ¿La Señora María? Hace meses que murió.

- Disculpe, creo que no hablamos de la misma persona. Es una señora muy mayor que aprovecha su andador para descansar.

- Señor, esta señora la conocíamos todos los que trabajamos aquí, y murió hace varios meses en el mismo lugar donde esperaba diariamente a su novio de toda la vida, Miguel, el cual hace muchisimos años que marcho en un tren y nunca volvió. No tiene más que hablar con cualquiera de mis compañeros y se lo confirmara, es una historia muy triste. Tome usted su billete
.
Mientras el revisor se aleja tengo una sensación rara, de desasosiego. Me cuesta respirar mientras hilo los detalles…  Las mismas baldosas ocupadas, los mismos gestos siempre, el mismo tono de voz, las cientos de personas que pasaban a su lado sin mirarla…

Debo estar volviéndome loco, pero ha sido todo tan real, tan jodidamente real…


jueves, 19 de abril de 2012

Bigotes

Acostumbro a vestir un chaleco de punto rojo, bufanda naranja y pantalones de pana a juego, pero, soy un conejo de cuento. Y es que aunque en mi hogar se vivan batallas fantásticas entre dragones alados y caballeros enamorados de princesas cautivas en torres interminables, siempre me he sentido diferente al resto.

Entre las paginas donde vivo existen también sapos encantados en busca de un beso, enanitos que trabajan de sol a sol, madrastras malvadas, cerditos que hablan, lobos sedientos de sangre, patitos feos y bellos cisnes…  todos reunidos en el gran libro de cuentos ilustrado que cada noche lee Eva. Si, Eva, la niña que nos da vida.

Hasta esta noche Bigotes, que así me llamo, ha conseguido escapar de la mirada ávida de historias que recorre cada noche las hojas animadas de mi mundo.

A veces me escondo en el bosque encantado donde ronda la peligrosa bruja de la cesta, otras en la casa de chocolate de Hansel y Gretel, y la mayor parte de las veces opto simplemente por camuflarme tras la gran planta de habichuelas mágicas.

Mis planes, que hasta ahora he mantenido en secreto, hacen imprescindible que permanezca oculto de esos enormes ojos azules que una vez puesto el sol invaden mi hogar. Más aun cuando la leyenda cuenta que si eres visto por ellos, tus trazos y colores permanecen para siempre en este lugar. Algo que no estoy dispuesto que ocurra.

Tome la decisión de escapar aquella vez que, huyendo del ejército de naipes de la Reina de Corazones, acabe por topar con una interminable pared blanca. Aquel descubrimiento me hizo comprender que esta morada que yo creía sin fronteras, este lugar donde ocurren hechos inexplicables, es sin embargo una prisión de la que nunca podré salir.

Y, aunque una vez cerrado el libro cada noche todos mis compañeros se mezclan creando nuevas historias,  dibujando cuentos aun no escritos, contándose fabulas con moralejas insólitas…  incluso así, teniendo la suerte de vivir en este mundo fantástico, no he vuelto a ser feliz tras descubrir el muro de papel.

Por ello, mientras permanezco escondido a la espera de que el sol nocturno y diario se apague, mientras que mis compañeros aprovechan ese momento para jugar a ser escritores de sus propias historias, dibujantes de sus propios trazos, editores de sus relatos… mientras ocurre todo esto, yo, Bigotes, observo detenidamente las costumbres de nuestra dueña.

Lo habitual es acabar en una estantería escoltado por dos libros infranqueables. Uno llamado “La Historia Interminable”, y desde el cual en ocasiones puedo oír un ruido semejante al batir de alas de los dragones que conviven conmigo. Otro, llamado “Peter Pan”. En este último debe haber muchos niños, ya que escucho risas continuamente. Y, muy de vez en cuando, parece que hubiera una lucha a espada entre un adulto y alguno de estos niños. Se ve que no se llevan nada bien.

Pero hay días, mejor dicho, noches, en que ella acaba por dormirse abrazada a nuestro hogar, rendida por el sueño y las emociones de la lectura que le brindamos.

Hoy es uno de ellos, y es por eso que, nervioso ante mi posible fuga, he esperado hasta asegurarme que está profundamente dormida.

¡Un momento!.. ahora, ahora afloja la presión de su brazo alrededor de la puerta de entrada a nuestro mundo.

Doy un paso, otro, ¡otro!, y de repente el olor a lápices de colores y tinta de imprenta desaparece.

¡SI!, una bocanada de aire fresco entra a mi pecho inundando todos mis sentidos, siento la suavidad de la piel de Eva al acariciar su mano… Me siento vivo, recién nacido. Desciendo rápidamente agarrado a los pliegues de las sabanas que cuelgan de la cama, y consigo llegar hasta el balcón abierto que me llevara al exterior de lo que hasta ahora ha sido mi cárcel.

Miro hacia lo desconocido, hacia mi libertad, y… ¿qué es eso?... ¿pero qué ocurre?... ¿por qué ese hombre da una patada a aquel perro?... ¿y aquellos… por qué se gritan, por qué se empujan?... Oh, no, ¿qué es ese ruido espantoso de lo que parece un carruaje metálico?... ¿Y la luna?... ¡No puedo ver la luna!… ni las estrellas,… solo cemento y cristal.

¡Espera!..., no te despiertes, aun no, quiero volver con la Bella Durmiente, con Alicia y sus locos amigos, con la espada encantada… quiero volver al lugar donde todos jugamos continuamente a ser actores para ti… donde los villanos se dejan perder ante ti pero cuando cierras tu libro se sientan alrededor del fuego con sus príncipes, donde el lobo huye ante el mismo cazador con el que después ríe recordando el final del cuento. Donde no existe la malicia.

Abre tu brazo para que pueda entrar de nuevo, y, cierra el balcón. Que nunca entre nadie en tu habitación, que nadie manche nuestro pequeño universo, que nadie acabe con tu inocencia.

Y por favor, encuéntrame entre las páginas de tu libro de cuentos, que tus ojos me fijen para siempre en ellas.