jueves, 26 de abril de 2012

La estación

Durante meses había podido verla en el mismo lugar.

La señora estaba siempre sentada junto a la escalera mecánica, con sus rodillas pegadas a la cristalera que, desde lo más alto de la estación, nos separaba de los trenes que abajo en las vías iban y venían continuamente.

Con la mirada fija al frente, sin inmutarse ante el constante trasiego de viajeros que pasaban a su lado ignorando su presencia.

La primera vez que la vi no le preste demasiada atención. Al fin y al cabo solo era una persona mayor que utilizaba su tacatá para descansar mientras, suponía, esperaba su tren.

Y es que yo siempre acababa bajando al andén,  en busca de mi vagón, mientras ella se quedaba allí.

Pero con el paso de los días mi curiosidad por aquella mujer se incremento, y mi mente empezó a formar historias unas veces alocadas, otras sin sentido, sobre el motivo de su estancia en aquel sitio. Justo en aquel sitio, ni un centímetro más a su derecha o izquierda, hacia delante o atrás, siempre el andador perfectamente alineado en las mismas baldosas.

Un día, obsesionado con ello, decidí perder mi tren con la esperanza de comprobar que la llevaba hasta aquel mirador de historias.

Durante un buen rato no paso nada. Ella continuaba allí, la vista fija, inmóvil.

Hasta que de repente observe como giraba su cabeza hacia la escalera mecánica a su izquierda.

Como un resorte me levante del asiento en que me situaba tras ella para poder ver lo que había despertado su atención. Nada, en ese momento la escalera estaba vacía, no había nada, ni nadie.
.
Aunque ella parecía seguir con su mirada alguien, o algo, que subía hasta allí.

Y fue justo cuando su cabeza paro de seguir aquello que yo no veía, pero que ya estaba junto a ella, cuando la vi sonreír.

Levanto sus manos en un abrazo lleno de amor, se fundió en un largo beso inundado por lágrimas, y aunque con dificultad por el ruido que un cercanías formaba a su llegada, puede escucharla claramente decir… “Miguel”.

Tras esto, se levanto poco a poco, y parsimoniosamente arrastro su andador hasta salir de la estación.

Perdi el tren durante tres días más, y en ellos siempre ocurrió lo mismo. Como si de una coreografía se tratara.

Pense que la demencia senil había hecho mella en aquel frágil cuerpo, y decidí olvidarme del tema.

Pero hoy, la señora no está allí, las baldosas no están ocupadas y no hay rodillas que choquen con la cristalera.

Me monto en mi tren preguntándome que habrá sido de ella, y entonces un revisor se acerca hasta mí para pedirme el billete.

Se lo doy, pero no puedo evitar preguntarle.

- Perdone, no quisiera molestarle, pero supongo que también usted habrá visto la señora que todos los días se sienta en su tacatá, justo arriba. Hoy no se encuentra y me preguntaba que ha podido ocurrirle.

- ¿La Señora María? Hace meses que murió.

- Disculpe, creo que no hablamos de la misma persona. Es una señora muy mayor que aprovecha su andador para descansar.

- Señor, esta señora la conocíamos todos los que trabajamos aquí, y murió hace varios meses en el mismo lugar donde esperaba diariamente a su novio de toda la vida, Miguel, el cual hace muchisimos años que marcho en un tren y nunca volvió. No tiene más que hablar con cualquiera de mis compañeros y se lo confirmara, es una historia muy triste. Tome usted su billete
.
Mientras el revisor se aleja tengo una sensación rara, de desasosiego. Me cuesta respirar mientras hilo los detalles…  Las mismas baldosas ocupadas, los mismos gestos siempre, el mismo tono de voz, las cientos de personas que pasaban a su lado sin mirarla…

Debo estar volviéndome loco, pero ha sido todo tan real, tan jodidamente real…


jueves, 19 de abril de 2012

Bigotes

Acostumbro a vestir un chaleco de punto rojo, bufanda naranja y pantalones de pana a juego, pero, soy un conejo de cuento. Y es que aunque en mi hogar se vivan batallas fantásticas entre dragones alados y caballeros enamorados de princesas cautivas en torres interminables, siempre me he sentido diferente al resto.

Entre las paginas donde vivo existen también sapos encantados en busca de un beso, enanitos que trabajan de sol a sol, madrastras malvadas, cerditos que hablan, lobos sedientos de sangre, patitos feos y bellos cisnes…  todos reunidos en el gran libro de cuentos ilustrado que cada noche lee Eva. Si, Eva, la niña que nos da vida.

Hasta esta noche Bigotes, que así me llamo, ha conseguido escapar de la mirada ávida de historias que recorre cada noche las hojas animadas de mi mundo.

A veces me escondo en el bosque encantado donde ronda la peligrosa bruja de la cesta, otras en la casa de chocolate de Hansel y Gretel, y la mayor parte de las veces opto simplemente por camuflarme tras la gran planta de habichuelas mágicas.

Mis planes, que hasta ahora he mantenido en secreto, hacen imprescindible que permanezca oculto de esos enormes ojos azules que una vez puesto el sol invaden mi hogar. Más aun cuando la leyenda cuenta que si eres visto por ellos, tus trazos y colores permanecen para siempre en este lugar. Algo que no estoy dispuesto que ocurra.

Tome la decisión de escapar aquella vez que, huyendo del ejército de naipes de la Reina de Corazones, acabe por topar con una interminable pared blanca. Aquel descubrimiento me hizo comprender que esta morada que yo creía sin fronteras, este lugar donde ocurren hechos inexplicables, es sin embargo una prisión de la que nunca podré salir.

Y, aunque una vez cerrado el libro cada noche todos mis compañeros se mezclan creando nuevas historias,  dibujando cuentos aun no escritos, contándose fabulas con moralejas insólitas…  incluso así, teniendo la suerte de vivir en este mundo fantástico, no he vuelto a ser feliz tras descubrir el muro de papel.

Por ello, mientras permanezco escondido a la espera de que el sol nocturno y diario se apague, mientras que mis compañeros aprovechan ese momento para jugar a ser escritores de sus propias historias, dibujantes de sus propios trazos, editores de sus relatos… mientras ocurre todo esto, yo, Bigotes, observo detenidamente las costumbres de nuestra dueña.

Lo habitual es acabar en una estantería escoltado por dos libros infranqueables. Uno llamado “La Historia Interminable”, y desde el cual en ocasiones puedo oír un ruido semejante al batir de alas de los dragones que conviven conmigo. Otro, llamado “Peter Pan”. En este último debe haber muchos niños, ya que escucho risas continuamente. Y, muy de vez en cuando, parece que hubiera una lucha a espada entre un adulto y alguno de estos niños. Se ve que no se llevan nada bien.

Pero hay días, mejor dicho, noches, en que ella acaba por dormirse abrazada a nuestro hogar, rendida por el sueño y las emociones de la lectura que le brindamos.

Hoy es uno de ellos, y es por eso que, nervioso ante mi posible fuga, he esperado hasta asegurarme que está profundamente dormida.

¡Un momento!.. ahora, ahora afloja la presión de su brazo alrededor de la puerta de entrada a nuestro mundo.

Doy un paso, otro, ¡otro!, y de repente el olor a lápices de colores y tinta de imprenta desaparece.

¡SI!, una bocanada de aire fresco entra a mi pecho inundando todos mis sentidos, siento la suavidad de la piel de Eva al acariciar su mano… Me siento vivo, recién nacido. Desciendo rápidamente agarrado a los pliegues de las sabanas que cuelgan de la cama, y consigo llegar hasta el balcón abierto que me llevara al exterior de lo que hasta ahora ha sido mi cárcel.

Miro hacia lo desconocido, hacia mi libertad, y… ¿qué es eso?... ¿pero qué ocurre?... ¿por qué ese hombre da una patada a aquel perro?... ¿y aquellos… por qué se gritan, por qué se empujan?... Oh, no, ¿qué es ese ruido espantoso de lo que parece un carruaje metálico?... ¿Y la luna?... ¡No puedo ver la luna!… ni las estrellas,… solo cemento y cristal.

¡Espera!..., no te despiertes, aun no, quiero volver con la Bella Durmiente, con Alicia y sus locos amigos, con la espada encantada… quiero volver al lugar donde todos jugamos continuamente a ser actores para ti… donde los villanos se dejan perder ante ti pero cuando cierras tu libro se sientan alrededor del fuego con sus príncipes, donde el lobo huye ante el mismo cazador con el que después ríe recordando el final del cuento. Donde no existe la malicia.

Abre tu brazo para que pueda entrar de nuevo, y, cierra el balcón. Que nunca entre nadie en tu habitación, que nadie manche nuestro pequeño universo, que nadie acabe con tu inocencia.

Y por favor, encuéntrame entre las páginas de tu libro de cuentos, que tus ojos me fijen para siempre en ellas.


domingo, 11 de marzo de 2012

Maldito...

Guardo en la carpeta de olvidados muchos relatos, muchísimos.

Algunos por su pésima calidad, otros, inacabados, y los que mas, terminados pero condenados a no ver nunca la luz por diferentes motivos.

Entre ellos se encontraba este.

Me llevo cinco minutos escribirlo tras ver la noticia que un telediario emitía, y durante cinco años ha dormido junto al resto.
Y como en todos, o en la mayoría, también este lleva parte de mis vivencias en su interior.

Pero a diferencia del resto este se escribió antes de pasar por el trance que ahora, cruelmente, le da sentido.

No puedo decir que sea la primera vez que se publica.
Hace unas semanas, inconscientemente, pero sin duda guiado por la estúpida idea de que al publicarlo tal vez podría burlar el triste final que hace tantos años escribí, lo hice en otro lugar que sabia alejado de personas a las que su contenido podía hacer daño.

Iluso de mi, yo siempre amante de la razón y renegado de supercherías y supersticiones, tan aparentemente frió, tan metódico.
Como pude siquiera pensar por un momento que un acto tan insignificante cambiaría el ¿destino? marcado.

Me cuesta creer lo ocurrido, y cuando miro este relato me es aun mas difícil entender que en aquel momento mis manos escribieran algo que casi con precisión milimétrica se ha cumplido paso a paso.
Como si alguien aquel día hubiera escrito por mi sin yo saberlo.

Mis lagrimas, casi siempre, son privadas. Existen, aunque las guarde para mi. Mi dolor me acompaña, aunque mi cara lo vista de coraza.

Este el el relato, maldito relato, que debí haber borrado inmediatamente después de escribirlo.



MALDITO

Empezaba a ser difícil distinguir entre el hombre y su cadáver.

La miseria en que se había instalado desde el diagnostico de su enfermedad hacia de esta ultima una mera invitada del sepelio que, obstinado él, había instaurado en su rutina diaria.

Y es que, con las heridas ya cerradas o al menos dormidas momentáneamente, el hombre decidió convertirse en un ser autocomplaciente repleto de monosílabos quejosos, de frases lastimeras y dolorosas, para el mismo, pero también para quienes lo rodeaban.

La barba antes siempre bien rasurada pasaba ahora por realizar cameos cada vez mas frecuentes, compartiendo protagonismo en aquel teatrillo junto a el rostro taciturno y las manos cruzadas al pecho.

No importaba cuan buenas podían ser las noticias recibidas durante aquel mar en calma, el marido eligió como pareja la tristeza y el llanto, anticipándose a las posibles, que no seguras, malas noticias que pudieran llegar.

Finalmente la alegría se convirtió en una invitada ocasional y raramente bien recibida.

Pero desaprovechar los días extras que aquella pequeña tregua le había concedido, fue un gran error que no podría reparar.

Porque el dolor irrumpió con tal fuerza que nada pudo detenerlo a su paso, arrasando la ilusión de quienes acompañaban desde hacía meses aquel entierro anticipado que no comprendían, desbocando los caballos de fuego que ocultos habían recorrido su cuerpo durante meses, despertando de su hibernación aquel maldito parasito al que no importaba matar a su anfitrión, aun a sabiendas de que también moriría con él.

Y no hubo vuelta atrás.

El sofá utilizado como ataúd durante meses permaneció vacio para siempre, convertido en sanctasanctórum de sus hijos y esposa.

Las paredes empezaron a olvidar sonidos angustiosos y silencios insoportables.

Los recuerdos humedecidos por miles de lágrimas encontraron acomodo en la resignación.

Aquel año fue el último en que mis hijos pudieron "jugar al monstruo" con su abuelo…maldito cáncer.



sábado, 4 de febrero de 2012

Resurreción


El cuerpo de Amaresh, antes fruto de deseo y pura sensualidad, había dejado atrás todo rastro de aquello para convertirse en un espectro inundado por decenas de moscas que se alimentaban de sus ulceras y pústulas.

Al principio de la hambruna, no hacia tanto, se esforzaba en alejarlas sin éxito, pero ahora reserva sus escasas fuerzas para sobrevivir y sostener con fuerza la débil cabeza de Sehay, su bebe.

En su memoria guarda todavía un rostro perfecto, sin arrugas ni huesos marcados, guarda sus ojos color almendra aun sin hundirse en su cráneo.

Guarda también hijos que enterró en una fosa común.

Sehay, intenta sin éxito mamar la leche que ya no crece en sus pechos secos, y al no conseguirlo llora desconsoladamente.

Esto la mortifica aun mas que los malditos insectos o el dolor punzante que sufre en su estomago, y en un gesto desesperado aprieta una y otra vez sus pezones buscando una gota de oro blanco que calme a su hija, su preciosa hija de ojos verdes.




Pero sus esfuerzos son tan estériles como la tierra seca que la rodea.

A solo unos metros observa como una sombra, su primogénito Kedamawi, ha conseguido agarrarse con sus huesudas manos a una de las flacas vacas paridas que aun conservan, y como desesperadamente gatea bajo ella para mamar de sus ubres junto a un ternero receloso de aquel compañero de mesa.

Kedamawi es sin duda un chico listo, y si el agua corrompida de los pozos no lo hace enfermar de diarrea, o los mercenarios del oro amarillo se lo llevan, tal vez lograra salir con vida de este infierno.

Javier, consternado, contempla la escena desde el hospital de campaña en su ultimo día antes de volver a casa.

Mueve sus ojos del rostro de Amaresh al de Sehay, y niega con su cabeza ante el desenlace que sabe con certeza se producirá.

La facultad le había preparado para la enfermedad, incluso para la muerte, pero a pesar de los muchos meses que han pasado desde que llego, su mente occidental no puede asimilar lo que ocurrirá si no la saca de allí.

-          Por favor - le dice a uno de sus ayudantes- , acaba tú con esta cura. Ahora vuelvo.

Amaresh ve acercarse al chico blanco, e instintivamente aprieta el cuerpo azabache de Sehay contra su ébano pecho.

Javier se arrodilla ante ella y extiende sus brazos, sin hablar, no hace falta entre ellos.

Por un momento duda, mira aquellos ojos claros sin saber qué hacer, pero comprende que ella no importa, que no hay más tiempo, y que su hija merece otra oportunidad.

Las manos negras se unen una vez más con las manos blancas, y Sehay es concebida de nuevo.

domingo, 15 de enero de 2012

Claustrofobia

La sensación de llegar a fusionarme con la multitud se acrecentaba por momentos.

A mi alrededor se encontraban miles de litros de grasa, cientos de olores, y alguna que otra prótesis de silicona que se restregaba insistentemente contra mi codo, por lo que con una visible erección y abandonado a mi suerte,  asumí que la unión molecular sería inminente.

En un último gesto de vanidad, que no de supervivencia, conseguí por un momento liberar la cabeza de la axila pestilente que a modo de mordaza llevaba minutos haciéndome una llave perfecta digna del mejor luchador grecorromano, y que, sin tregua alguna, me obligaba a llevar mi nariz pegada a la espalda de quien yo imaginaba podía ser algún obrero de la construcción por la textura hormigonada de su jersey.

Así fue como se hizo la luz por un momento, permitiéndome observar con mas detalle los especímenes, y objetos, que me acompañarían en aquella metamorfosis no deseada.

Nunca he sido especialmente exigente en ningún aspecto de mi vida, pero debo decir que aquella visión consiguió llevarme rápidamente a un estado depresivo profundo, similar al que me llevo descubrir el origen de aquellos extraños ruidos nocturnos que provenían de la habitación de mis padres.

Y es que aquello más que una masa ingente, que también, era una masa amorfa de la que no podía resultar nada bueno.

Anoréxicos y bulímicos, cuerpos perfectos e imperfectos, indescriptibles siluetas, carritos de bebe, bicicletas de montaña y de carreras, sillitas de rueda, periódicos gratuitos, auriculares cerillosos y eczemas varios se agolpaban, entre otras cosas, en aquel espacio reducido.

Intente en un gesto desesperado zafarme de todo aquello. De la axila pestilente del luchador que de nuevo se aferraba a mi cuello, del áspero chaleco del albañil, del pecho neumático de quien parecía ser una meretriz a punto de jubilarse, del trasero caído del adolescente rebelde, de las rodillas temblorosas del jubilado... Pero todo fue inútil.

Cerré los ojos con resignación deseando que todo ocurriera rápidamente, y fue justo en ese momento cuando una voz femenina susurro las palabras mágicas que acabarían salvándome…

“Próxima parada, Sol”



jueves, 8 de septiembre de 2011

Cuerdamente loco. Relato completo.

Este es sin duda uno de mis relatos mas gamberros.

No gustara a muchos, pero que cojones... de todo tiene que escribirse.


CAPITULO 1

La línea que separa la locura de la cordura es especialmente fina, casi transparente.
En mi caso tan sumamente delgada que solo necesito un pequeño empujón para romperse.

Yo era una persona llamémosla “corriente”, un chico como cualquier otro.
Tenia amigos (pocos pero buenos), novia (ni muy guapa, ni muy fea) y familia (como la de todos, la que me había tocado en suerte).

Si es cierto que tenia un carácter algo difícil, huraño diría yo, tocapelotas lo llamaban otros, pero nada que hiciera presagiar aquello.

Todo se precipito cuando empecé a trabajar con gente “normal” en una oficina de “locos”.
Si, de locos, porque básicamente el trabajo consistía en hundir al compañero de al lado, pisotearlo si era posible, para así aparecer el primero del ranking que nuestro amadísimo jefe pintaba a diario en aquella odiosa pizarra blanca.
En la “ofi” los palotes no eran de azúcar, sino finas líneas negras pintadas tras el nombre de algún producto y quien más palotes tuviera (el tonto del palote) era el mejor de todos.

 Así pasaron mis días durante varios años hasta que aquella presión insoportable empezó a pasarme factura y mi cabeza comenzó a gestar ideas extrañas.
Anhelaba poder ayudar al ultimo de la pizarra, deseaba no tener que engañar a nadie para ser el primero de la misma, me apetecía decirle al jefe lo grandísimo hijo de puta que era, asesinarlo, descuartizarlo y luego quemarlo….es cierto, tenia ideas muy raras en mi cabeza.

Ahora, pasado el tiempo, tengo claro que fue aquel lugar el que acabo por romper los finos hilos que me unían a la realidad, y que igualmente contribuyo a que quienes estaban a mi lado no supieran ver con claridad lo que me estaba ocurriendo a pesar de los signos evidentes.

Entre en un estado de apatía tal que me hizo pasar de los primeros puestos de la pizarra a un permanente ultimo lugar con el consiguiente enfado de mi jefe, enfado que acababa en rabia cuando al llamarme la atención mi respuesta era la indiferencia total y una enorme sonrisa de felicidad en la cara.

Abandone mi higiene personal, entrando en un estado próximo a la catatonia que me impedía realizar las tareas diarias más básicas.

Y entable conversaciones muy interesantes (cuando no, peligrosas o sin sentido) con aquellos chicos que se habían alojado en mi grisáceo y laberíntico ático las veinticuatro horas.

Para entonces mi cuerpo había pasado de un todo en uno, a un todo en varios, y cuando me quise dar cuenta un doctor de bata beige por lo ajada, barba negra teñida, cejas grises y pelo blanco, diagnostico mi enfermedad, “Esquizofrenia Paranoide Transitoria”.

No voy a decir que nos cogiera de sorpresa, mis pepitos grillos y yo hacíamos méritos para ello, se veía venir.
A quien le gusto menos aquello (o más) fue a mi empresa, la cual aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid decidió ponerme de patitas en la calle.

Y como se suele decir que las desgracias nunca vienen solas, a mi novia tampoco le pareció bien compartirme con tantos inquilinos que no podían pagar la hipoteca y pocos días después nos invito a todos a abandonar nuestra casa sin un céntimo en los bolsillos.

Los amigos ya hacia tiempo que los había perdido, así que de repente me encontré solo aunque acompañado constantemente.

Decidí recurrir a la familia.

Con mis padres no podía contar ya que hacia un par de años que disfrutaban de una bonita casa de recreo con vistas a un gran cartel luminoso que, aunque ya no eran capaces de entender, rezaba en letras verdes de neón: “Hermanos Hospitalarios de San Juan de Dios”.

Solo me quedaba por tanto mi único hermano, con el que había roto relaciones aquella vez que sin querer prendí fuego en el salón de su magnífica casa de “La Moraleja”.
Un pequeño incidente sin importancia, si tenemos en cuenta que yo solo pretendía acabar con aquella hilera de hormigas cabezonas que atravesaban su preciado “chaise longue” de piel marca "Divato".
Su mujer, lejos de agradecérmelo, monto en cólera al ver que apagaba aquel pequeño conato de incendio con su impresionante abrigo de marta cibelina.

No perdía nada por intentarlo, así que tire de móvil y lo llame.

-       Javier – le dije- , veras, resulta que según un reconocido doctor vengo a estar, sic, como una puta cabra. Temporalmente, cierto, pero como una puta cabra. Yo no conozco muchas cabras putas, ni santas tampoco, pero se ve que en mi trabajo no gustan estos animales y tras hacerme firmar una carta me dieron cinco minutos para recoger mis cosas. A María, si María, mi novia, ¿te acuerdas de ella?.... Bueno es igual, a lo que iba, que a María tampoco le ha gustado el diagnostico y ha cambiado la cerradura de nuestra casa. ¿Tu no tendrás una habitación para quedarme unos días?............ Oye Javier, ¿sigues ahí?....... “tutututututututu”….

Tras tan fructífera conversación me quedo claro que tendría que buscarme la vida yo solo, por lo que centre mis pensamientos en lo más importante para mí en esos momentos, comer algo que apaciguara mis protestonas tripas.

Fue justo así como acabe encontrándome con aquel aterrador payaso dedicado a la restauración de alto standing, Ronald McDonald.


CAPITULO 2

Ronald… el maldito Ronald… solo decir su nombre me produce escalofríos.

Aquel maldito payaso era el causante de que a mis taitantos años no hubiera una sola noche en que no despertara sobresaltado por una horrible pesadilla recurrente.

En ella unos inmensos zapatones rojos de payaso me perseguían sin tregua hasta hacerme caer a un precipicio cubierto en su fondo por cientos de Happy Meal’s y McFlurry’s.

Todo por aquella vez que, justo en mi noveno cumpleaños, mi madre tuvo la genial idea de celebrarlo junto a todos mis amiguitos en aquella hamburguesería.

Ronald apareció frente a mi justo en el momento en que me cantaban el “japiberdeituyu” y yo me disponía a apagar las velas, con aquella espantosa sonrisa roja pintada en su cara blanca.
El susto fue de tales proporciones que en mi retirada agarre la tarta, con tanta mala suerte que resbale cayendo la misma sobre mi cara.
Aun resuenan en mi cabeza las risas de todos los tragaterneras y zampapollos que allí se encontraban… “asín caguen sandíanterah con el rabo y tó”… asín se les caiga la picha a trosos…


Y ahora, allí estaba el, en la puerta del “Templo de la Carne”, la “Catedral de las Papas Fritas”,  el “Mausoleo de la Ternera y el Pollo”….

La boca se me hacia agua, y a pesar del miedo atroz que sentía, mi hipotálamo me jugo una mala pasada y cuando quise darme cuenta estaba encarado con aquel terrorífico clown junto a varios niños que le pedían globos sin parar.

Por un momento quede petrificado, absorto ante aquella cara demoniaca, hasta que Ronald con voz socarrona dijo:

-         Hola José María, ¿qué es tu cumpleaños?, ¿quieres un trozo de tarta?, ¡JAJAJAJAJAJAJAJA!

No, aquello no podía estar pasando, tenia que ser fruto de mi locura, una alucinación, un delirium tremens sin alcohol… pero por si las moscas le arree un crochet de izquierda que lo dejo knocaut al instante, tendido en el suelo con sus zapatones rojos apuntando hacia un cielo lleno de globos sueltos por niños que me miraban asustados sin saber que hacer.

Aquel puñetazo fue algo más que un buen golpe, significo una liberación, el adiós a un trauma infantil… pero no pude disfrutar demasiado del momento.
Para cuando quise darme cuenta mis pies, mas inteligentes que mi cabeza, ya habían echado a correr, huyendo despavoridos justo delante de una turba enfurecida de gorras rojas con una gran M pintada.

No tarde demasiado en darles esquinazo y tras recobrar el resuello mire a mi alrededor encontrándome, cosas del destino, con aquel puticlub al que tantas veces había ido con mi jefe mientras era su ojito derecho, “A tomar por copas”.


Aquello me hizo reflexionar sobre mis prioridades y tras un intenso dialogo de mi pene con mis tripas el primero acabo ganando y se llevo toda mi sangre a su terreno.


CAPITULO 3

La entrada a aquella madriguera del placer y la depravación estaba franqueada por Abou, un negro de ojos enormes, nariz achatada y labio superlativo.

No tardo demasiado en reconocerme, dando enormes muestras de alegría al hacerlo.

-         ¡Señor Don José María¡, ¡pero qué sorpresa verlo por aquí¡. Hacía ya mucho que su persona no pisaba este afamado lugar, este reconocido vergel, el paraíso de los casados y solteros, el picadero de políticos, banqueros y demás fauna libertina… Bienvenido a su querido club, bienvenido a,  “A tomar por copas”.

-         Gracias Abou – le dije-, tu siempre tan amable a pesar de la miseria que te pagan aquí. Cierto, hace mucho tiempo que no venía. No habrá entrado por casualidad esta noche un payaso de pelo rojo, ¿verdad?. Veras, resulta que tengo unos asuntos pendientes con él y no me gustaría encontrármelo. Aunque ahora que lo pienso bien… creo que nunca más me perseguirá hasta el precipicio.

Abou me miro extrañado durante unos segundos, pero tras pestañear varias veces me dijo:

-         Anda, anda, Don José María, pase usted adentro que lo único con pelo rojo en todo su cuerpo que encontrara aquí tiene una ciento veinte de pecho y se llama Estefanía. Pero que cosas más raras dice. Sin ánimo de ofender, ¿no vendrá drogado usted?.

Preferí pasar por alto aquel desacertado comentario de mi tostado amigo y sin darle tiempo a reaccionar me adentre en la oscuridad neonizada del lupanar. 

Aun era temprano pero a pesar de ello ya había bastantes parroquianos en el lugar.

Básicamente algún que otro rechoncho o enjuto casadero acompañados por consortes arrepentidos que buscaban los placeres pagaderos de meretrices siliconadas, y en muchos casos obligadas a ejercer la profesión más vieja del mundo por unas u otras circunstancias.

En esas reflexiones estaba cuando recordé que no tenía ni blanca en los bolsillos, pero sin amilanarme por ello me acerque a la barra a pedir una copa.



-    A ver Gastón, un vaso de agua y rapidito que no tengo todo el día.

Inmediatamente comprendí que no debía ser ese el nombre del camarero (aunque en las películas todos se llaman Gastón), porque al mirarme lo hizo con cara de pocos amigos y me contesto con modales impropios de un profesional de la hostelería.

-         Amigo - me dijo -,le recuerdo que esto, entre otras cosas, es un bar y en los bares se viene a beber. Así que si piensa tocarme los cojones le recomiendo salga por donde ha entrado sin hacer el menor ruido, o de lo contrario me veré obligado a hacerle una ortodoncia gratuita y sin anestesia.

Quise contestar como se merecía aquel desabrido mozo, pero no pude hacerlo porque justo en ese momento el señor que estaba sentado de espaldas a mi lado y cuyas manos descansaban sobre un perfecto trasero se volvió, llevándome un susto tal que dos gotitas de pis acabaron manchando mis bóxers en la parte delantera y algo más consistente lo hizo en la trasera.

-         Hombre José María - me dijo aquel señor no hace mucho tiempo también conocido por mí como “Maldito Jefe Cabrón”, “Maldito Jefe Hijo de Puta”… y otra serie sin fin de adjetivos calificativos del mismo estilo -, ¿qué tal todo?. Me alegra verte por aquí, eso es señal de que vas recuperando la cordura y las buenas costumbres. Bueno, bueno, no me mires así tan serio que acabaras asustándome. ¿Te hace una copa y pelillos a la mar?.

En aquel momento algún resorte debió moverse en mi cabeza y de repente deje de escuchar a los inquilinos que desde la buhardilla plomiza donde habitaban me habían venido guiando últimamente en todos mis actos.

Pero si esos okupas perturbados se acababan de ir, no por ello tenía menos claro que seguían morando en mi otros arrendatarios “cuerdos” con exagerados sentimientos de venganza hacia quien había provocado en mí aquella locura transitoria causante de la perdida de mi trabajo, de mis amigos, de mi familia y de mi novia. De mi vida en resumen.

Tal vez por ese motivo sería mejor que a los ojos de mi exjefe yo siguiera siendo un pirado excéntrico. Eso podría venirme bien en un futuro no muy lejano, así que me puse manos a la obra.

-         Don Jefe, jefecito, jefetón – le dije -, pero que alegría verlo en este comedor social junto a estas pobres indigentes sin techo. Conociendo su misericordia no es extraño verlo aquí ayudándolas en todo lo que necesitan.

Mi jefe me miro sorprendido, pero dado su carácter canalla paso rápidamente de aquel estado a esbozar una sonrisa pérfida en su cara que no auguraba muy buenas intenciones.

-         Por supuesto amigo mío – me dijo -, ya sabes que para mí  no hay nada más importante en esta vida que la filantropía, la caridad, el altruismo y el desprendimiento, cual Teresa de Calcuta pero en cuerpo de hombre. De hecho, sabiendo que te encuentras sin trabajo me gustaría poder ayudarte de alguna forma.

-         ¿De verdad Señor Líder Supremo?. Pero que buenísimo que es Su Excelencia, ¿y que había pensado para hacerlo?

-         Ummm  … creo que empezare por satisfacer tus necesidades carnales. ¿Qué te parece?.

-         Gracias Ser Superior, no sabe cuánto se lo agradezco. Que estoy a punto del rescate financiero pero eso no impide que me duelan las pelotas de lo cargadas que están. Solo una exigencia si me lo permite, Excelentísimo Caudillo General. Deseo que usted me acompañe durante el trance genital junto a alguna de estas menesterosas que, repito, tan desinteresadamente ayuda. Vaya usted preparándolo todo, mi Coronel, que voy a la toilette y enseguida vuelvo.

No sabía muy bien que podría estar preparando aquel desgraciado, pero se había presentado la oportunidad para darle un escarmiento por todo lo que me había hecho pasar y no la perdería.
Así que allí deje a aquel anormal con sus elucubraciones y volví junto a mi amigo Abou, el moreno gigantoide de la puerta.

-         Hola de nuevo, Abou.

-         ¿Qué demonios quiere ahora Don José María?

-         No seas tan desagradable por favor. Veras, tu sabes y yo también que en este antro te pagan un miseria, por lo que no te vendría mal un buen suplemento que yo gustosamente estoy dispuesto a pagarte, y para eso, acerca tu oído que solo tendrás que hacer lo siguiente…

Abou pareció entenderlo todo y aunque reacio en principio acabo asintiendo con un exagerado vaivén de cabeza que me aporto algo de aire fresco en aquel tugurio.

Yo ya conocía de los gustos de mi exjefe por anteriores visitas, así que no me había costado mucho adivinar que me llevaría a aquel cuarto donde nos encontrábamos ahora.
El habitáculo en cuestión estaba iluminado tenuamente y taladradas literalmente sus paredes de agujeros.
Los había a más o menos altura, dependiendo del uso que se le quisieran dar.
No creo que deba entrar en más detalles, que todos los lectores ya se habrán hecho una idea.

-         José María, te doy el privilegio de ser tu el primero en utilizar el agujero que quieras – me dijo mientras se le dibujaba una mueca perversa en la cara –

Conociendo como conocía al sujeto nada bueno podía traer aquello, así que automáticamente le respondí.

-         No por favor, amado patrón, eso nunca. Usted es el anfitrión y debe ser quien disfrute primero. Mire, mire, justo por allí asoma una lengua muy carnosa de alguna bella mujer que ,según me han contado en otras ocasiones, practica besos negros de excelente calidad.

Ya sabía yo de antemano que ante aquella propuesta no se podría negar dado su carácter viciosillo, y ni corto ni perezoso se bajo los pantalones y arrimo sus desnudas posaderas a aquel agujero.
Agujero que previamente, a indicaciones mías, había ocupado en su parte posterior el amigo Abou y de apellido Mandinga, el cual de un golpe certero pero no por ello menos doloroso, acabo con la virginidad anal de mi querido exjefe.

La cara se le contrajo, apretó los dientes, y mientras gritaba de dolor se lanzo al vacio en plancha alejándose de aquel orificio infernal.

Sin perder un segundo eche a correr hacia la salida mientras le decía a gritos:

-         Ahí lo tiene Maestro Palotero, ¿no le gustaban los palotes?, ¿no valía todo para conseguirlos?, pues toma palote gordo.

Aquello definitivamente no arreglaría mi vida, pero mi cabeza estaba curada y tenia la satisfacción de haber dado su merecido a aquel ser despreciable.

No sabía muy bien a donde ir, ni que hacer, pero eso pertenece a otra historia.

jueves, 1 de septiembre de 2011

Cuerdamente loco. Capitulos 1 y 2.

CAPITULO 1

La línea que separa la locura de la cordura es especialmente fina, casi transparente.
En mi caso tan sumamente delgada que solo necesito un pequeño empujón para romperse.

Yo era una persona llamémosla “corriente”, un chico como cualquier otro.
Tenia amigos (pocos pero buenos), novia (ni muy guapa, ni muy fea), y familia (como la de todos, la que me había tocado en suerte).

Si es cierto que tenia un carácter algo difícil, huraño diría yo, tocapelotas lo llamaban otros, pero nada que hiciera presagiar aquello.

Todo se precipito cuando empecé a trabajar con gente “normal” en una oficina de “locos”.
Si, de locos, porque básicamente el trabajo consistía en hundir al compañero de al lado, pisotearlo si era posible, para así aparecer el primero del ranking que nuestro amadísimo jefe pintaba a diario en aquella odiosa pizarra blanca.
En la “ofi” los palotes no eran de azúcar, sino finas líneas negras pintadas tras el nombre de algún producto, y quien más palotes tuviera (el tonto del palote) era el mejor de todos.

 Así pasaron mis días durante varios años hasta que aquella presión insoportable empezó a pasarme factura y mi cabeza comenzó a gestar ideas extrañas.
Anhelaba poder ayudar al ultimo de la pizarra, deseaba no tener que engañar a nadie para ser el primero de la misma, me apetecía decirle al jefe lo grandísimo hijo de puta que era, asesinarlo, descuartizarlo y luego quemarlo….es cierto, tenia ideas muy raras en mi cabeza.

Ahora, pasado el tiempo, tengo claro que fue aquel lugar el que acabo por romper los finos hilos que me unían a la realidad, y que igualmente contribuyo a que quienes estaban a mi lado no supieran ver con claridad lo que me estaba ocurriendo a pesar de los signos evidentes.

Entre en un estado de apatía tal que me hizo pasar de los primeros puestos de la pizarra a un permanente ultimo lugar con el consiguiente enfado de mi jefe, enfado que acababa en rabia cuando al llamarme la atención mi respuesta era la indiferencia total y una enorme sonrisa de felicidad en la cara.

Abandone mi higiene personal, entrando en un estado próximo a la catatonia que me impedía realizar las tareas diarias más básicas.

Y entable conversaciones muy interesantes (cuando no, peligrosas o sin sentido) con aquellos chicos que se habían alojado en mi grisáceo y laberintico ático las veinticuatro horas.

Para entonces mi cuerpo había pasado de un todo en uno, a un todo en varios, y cuando me quise dar cuenta, un doctor de bata beige por lo ajada, barba negra teñida, cejas grises y pelo blanco, diagnostico mi enfermedad, “Esquizofrenia Paranoide Transitoria”.

No voy a decir que nos cogiera de sorpresa, mis pepitos grillos y yo hacíamos meritos para ello, se veía venir.
A quien le gusto menos aquello (o más) fue a mi empresa, la cual aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, decidió ponerme de patitas en la calle.

Y como se suele decir que las desgracias nunca vienen solas, a mi novia tampoco le pareció bien compartirme con tantos inquilinos que no podían pagar la hipoteca, y pocos días después nos invito a todos a abandonar nuestra casa sin un céntimo en los bolsillos.

Los amigos ya hacia tiempo que los había perdido, así que de repente me encontré solo, aunque acompañado constantemente.

Decidí recurrir a la familia.

Con mis padres no podía contar, ya que hacia un par de años que disfrutaban de una bonita casa de recreo con vistas a un gran cartel luminoso que, aunque ya no eran capaces de entender, rezaba en letras verdes de neón: “Hermanos Hospitalarios de San Juan de Dios”.

Solo me quedaba por tanto mi único hermano, con el que había roto relaciones aquella vez que sin querer prendí fuego en el salón de su magnífica casa de “La Moraleja”.
Un pequeño incidente sin importancia, si tenemos en cuenta que yo solo pretendía acabar con aquella hilera de hormigas cabezonas que atravesaban su preciado “chaise longue” de piel marca "Divato".
Su mujer, lejos de agradecérmelo, monto en cólera al ver que apaga aquel pequeño conato de incendio con su impresionante abrigo de marta cibelina.

No perdía nada por intentarlo, así que tire de móvil y lo llame.

-       Javier – le dije- , veras, resulta que según un reconocido doctor vengo a estar, sic, como una puta cabra. Temporalmente, cierto, pero como una puta cabra. Yo no conozco muchas cabras putas, ni santas tampoco, pero se ve que en mi trabajo no gustan estos animales y tras hacerme firmar una carta me dieron cinco minutos para recoger mis cosas. A María, si María, mi novia, ¿te acuerdas de ella?.... Bueno es igual, a lo que iba, que a María tampoco le ha gustado el diagnostico y ha cambiado la cerradura de nuestra casa. ¿Tu no tendrás una habitación para quedarme unos días?............ Oye Javier, ¿sigues ahí?....... “tutututututututu”….

Tras tan fructífera conversación me quedo claro que tendría que buscarme la vida yo solo, por lo que centre mis pensamientos en lo más importante para mí en esos momentos, comer algo que apaciguara mis protestonas tripas.

Fue justo así como acabe encontrándome con aquel aterrador payaso dedicado a la restauración de alto standing, Ronald McDonald.


CAPITULO 2

Ronald… el maldito Ronald… solo decir su nombre me produce escalofríos.

Aquel maldito payaso era el causante de que a mis taitantos años no hubiera una sola noche en que no despertara sobresaltado por una horrible pesadilla recurrente.

En ella, unos inmensos zapatones rojos de payaso me perseguían sin tregua hasta hacerme caer a un precipicio cubierto en su fondo por cientos de Happy Meal’s y McFlurry’s.

Todo por aquella vez que, justo en mi noveno cumpleaños, mi madre tuvo la genial idea de celebrarlo junto a todos mis amiguitos en aquella hamburguesería.

Ronald apareció frente a mi justo en el momento en que me cantaban el “japiberdeituyu” y yo me disponía a apagar las velas, con aquella espantosa sonrisa roja pintada en su cara blanca.
El susto fue de tales proporciones que en mi retirada agarre la tarta, con tanta mala suerte que resbale cayendo la misma sobre mi cara.
Aun resuenan en mi cabeza las risas de todos los tragaterneras y zampapollos que allí se encontraban… “asín caguen sandíanterah con el rabo y tó”… asín se les caiga la picha a trosos…


Y ahora, allí estaba el, en la puerta del “Templo de la Carne”, la “Catedral de las Papas Fritas”,  el “Mausoleo de la Ternera y el Pollo”….

La boca se me hacia agua, y a pesar del miedo atroz que sentía, mi hipotálamo me jugo una mala pasada y cuando quise darme cuenta estaba encarado con aquel terrorífico clown junto a varios niños que le pedían globos sin parar.

Por un momento quede petrificado, absorto ante aquella cara demoniaca, hasta que Ronald con voz socarrona dijo:

-         Hola José María, ¿qué es tu cumpleaños?, ¿quieres un trozo de tarta?, ¡JAJAJAJAJAJAJAJA!

No, aquello no podía estar pasando, tenia que ser fruto de mi locura, una alucinación, un delirium tremens sin alcohol… pero por si las moscas le arree un crochet de izquierda que lo dejo knocaut al instante, tendido en el suelo con sus zapatones rojos apuntando hacia un cielo lleno de globos sueltos por niños que me miraban asustados sin saber que hacer.

Aquel puñetazo fue algo más que un buen golpe, significo una liberación, el adiós a un trauma infantil… pero no pude disfrutar demasiado del momento.
Para cuando quise darme cuenta, mis pies, mas inteligentes que mi cabeza, ya habían echado a correr, huyendo despavoridos justo delante de una turba enfurecida de gorras rojas con una gran M pintada.

No tarde demasiado en darles esquinazo, y tras recobrar el resuello mire a mi alrededor encontrándome, cosas del destino, con aquel puticlub al que tantas veces había ido con mi jefe mientras era su ojito derecho, “A tomar por copas”.

Aquello me hizo reflexionar sobre mis prioridades, y tras un intenso dialogo de mi pene con mis tripas, el primero acabo ganando y se llevo toda mi sangre a su terreno.

(continuara...)