sábado, 1 de diciembre de 2012

LA HISTORIA


Con las claritas del día Manuel salió del que era su hogar.

Estaba convencido de que, hoy, alguien escucharía por fin su historia. Era una necesidad enfermiza poder liberarse de ella.

Su primera parada, la que tantos años venia haciendo para desayunar en el bar de la esquina, no tuvo buen resultado.

Entre bocado y bocado farfullo alguna palabra, pero como siempre acabó quedándose solo en la barra, únicamente acompañado por una hilera de vasos preparados para el café.

Sacó la cartera, miró fijamente la imagen de la fotografía que había en el interior, dejó unas monedas y se marchó calle abajo
.
Cuando llegó a la parada del autobús el sol ya estaba ganando la batalla a la luna, y la tonalidad anaranjada que confirmaba este extremo hacía de quienes estaban allí un cuadro singular, casi “vangoghdiano”.

La estudiante pelirroja no era una buena opción. Ya lo había intentado en otras ocasiones y nunca consiguió que lo escuchara. Tampoco lo eran el maestro sin vocación de la gorra verde y gafas a lo John Lennon, la prostituta que volvía al hogar donde creían que seguía limpiando unos grandes almacenes durante la noche, ni el resto de aquella familia del primer turno del 39. Todos lo conocían y lo rehuían. Pero hoy había alguien diferente entre ellos, una anciana de pelo blanco y manos arrugadas que abrazaban lo que parecía una medalla muy gastada y con forma de corazón afilado.

Las puertas se abrieron, y todos subieron sin dar los buenos días al estúpido chófer que sabían nunca contestaba. Excepto la anciana, ella lo hizo y para sorpresa general esta vez si hubo respuesta.

Manuel no había escuchado nunca una voz tan dulce,  aunque triste, e inmediatamente supo que aquella era la persona que llevaba tanto tiempo buscando para contarle todo.

Sin dudarlo ocupó el asiento libre junto a ella, en la última fila, y la observó.

La piel de su cutis era tersa, nada que ver con sus manos. Pero si algo llamaba la atención eran sus ojos. Transmitían paz, una reconfortable y tranquilizadora paz.

Y eso lo animó a dar el paso, a contarle su historia a aquella mujer. Sacó de nuevo su cartera, miró la foto fijamente y comenzó a hablar sin más preámbulos
.
Le contó las innumerables palizas recibidas en el colegio, le refirió como Diego, su chulo particular, disfrutaba al verlo sangrar, las muchas veces que fingió estar enfermo para no tener que ir a clase, las tantas que fue humillado… Le contó que al pasar al Instituto su cuerpo cambió, como pasó de maltratado a maltratador, y que se juró encontrar a su acosador y matarlo por el daño que le había hecho…

Mientras, la anciana seguía escuchándolo, sin decir palabra ni mirarlo, pero escuchándolo sin duda.

Envalentonado decidió dar un paso mas y contarle todo, hasta el último detalle de su historia.

Sabe, -le dijo-, finalmente lo encontré. Si, aquel chico que estropeo mi infancia acabo vendiendo su cuerpo en los soportales del peor barrio de la ciudad, todo por unos pocos euros que le pagaban una papelina de caballo.

Y así fue durante años hasta aquella mañana en que yo, su último cliente, le pegue cuatro tiros en la cabeza mientras se agachaba buscando mi entrepierna.

Han pasado ya varios años, puedo dormir en la carcel y volver cada mañana a mi casa en este maldito autobús, pero ese malnacido nunca volverá a hacer daño a nadie...

¿Comprende porque lo hice?, ¿entiende que no soy una mala persona tal como piensan todos estos?

La mujer, hasta ese momento inmóvil, volvió la cabeza lentamente y miró a Manuel con los ojos envueltos en lágrimas.

Levantó sus manos, y abriéndolas muy despacio le mostro la medalla.

En ella, una foto en blanco y negro mostraba la cara de quien durante tantos años le pegó, humilló y acosó. La misma cara que el miraba tan a menudo en su cartera.

-Sabes, -dijo la mujer-,  realmente siento que te hiciera tanto daño. Y aunque no lo creas, se perfectamente que era un malnacido. Pero, era mi hijo, y también yo jure encontrar a su asesino y vengar su muerte.

No tuvo tiempo a reaccionar. Con una rapidez inusitada, la anciana del pelo canoso, la única persona que había oído su historia hasta el final sin huir de él, clavó el filo de aquel corazón de metal en su cuello, justo en la vena de la vida.

Mientras se desangraba, sacó una última vez su cartera. Miró la foto y pensó en cuan desgraciada había sido su vida. La cara de su maltratador se llenó de nuevo con su sangre, en su cartera, en la medalla de la madre, y Manuel cerró los ojos para al fin descansar.


PD: esta podría ser perfectamente la continuación al primer relato que publique en este blog, Manuel.



2 comentarios:

  1. Me ha impactado mucho este relato.

    No conocía el primero, pero ambos me han parecido geniales.

    Enhorabuena.

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    1. Gracias Francisco.

      Disculpa, no había visto tu comentario hasta hoy.

      Saludos.

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